Homilía de Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación en el Novenario de la Virgen de Caacupé

7° día del Novenario – 4 de diciembre de 2018
Los frutos del Espíritu Santo en la vida de los cristianos.
Lecturas del 1er. Martes del tiempo de Adviento: Isaías 11, 1-10 – Salmo 71 – Lucas 10, 21-24
Queridos fieles:
El Espíritu Santo acompaña la vida del cristiano siempre, y quiere obrar en nosotros. Si actuamos con Él, damos frutos que fortalecen la vida del cristiano y de la comunidad cristiana. Si no actuamos con Él, debilitamos nuestra vida de santidad y la vida de la comunidad sufre. El tiempo de Adviento nos invita a mirar en nuestro interior y en nuestras obras, si en nuestra vida está actuando el Espíritu Santo o no. ¿Sos hombre, mujer, espiritual o solamente de la carne?
Celebrando la primera venida de Cristo en la Encarnación y esperando con gozo la plenitud de su presencia gloriosa, cada cristiano celebra el Adviento, preparando su pesebre interior, limpiando su casa, su familia, su vida, preparando el pesebre de la comunidad, para ofrecer allí los frutos que quiere el Señor. Son los frutos del Espíritu, no los de la carne, porque por el bautismo, llenos del Espíritu de Cristo, somos hijos que conocen a su Papá Dios, y quieren mostrar en su vida su dignidad. Esos frutos del hombre espiritual que deben adornar nuestro pesebre son: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia (Gálatas 5, 22-23). No llevamos al pesebre los frutos del hombre carnal: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos parecidos (Gálatas 5, 19-21). ¿Qué frutos van a adornar nuestro pesebre?
El pesebre de la Santísima Virgen y de San José, estaba adornado con la sencillez y la pureza de sus vidas. Ellos son los dichosos, los bienaventurados, los pequeños (Lucas 10, 21), que llenos del Espíritu Santo, vieron al Hijo y supieron por el Hijo, quién es el Padre. Si miramos con ojos sencillos, libres de maldad y de injusticia, llenos de bondad y de paz, entonces vamos a ver lo que un cristiano lleno del Espíritu Santo puede ver, y vamos a oír lo que muchos no pueden oír, porque están cerrados, ya no tienen lugar para recibir a Jesús porque se llenó su pesebre de las obras del pecado. La conversión nos limpia y nos hace sencillos, para ver y oír (Lucas 10, 24). ¿Te vas a confesar en este tiempo? Es bueno volver a enderezar tu vida en la justicia y en la caridad; esto es obra del Espíritu Santo.
La bienaventurada Virgen goza de dicha, porque oyó, comprendió y acogió la Palabra eterna, que se hizo carne en su vida. Y con sus ojos sencillos contempló al Mesías y dijo sí. También San José. Dijo sí a Jesús y a su misión de amor y misericordia, en la justicia y en la paz.
Ellos vieron con sus ojos sencillos lo que el profeta Isaías anuncia: al Mesías y su misión. Esa misión la lleva adelante con la fuerza del Espíritu y sus dones (Isaías, 11, 1-3). Por donde pasa el Mesías, va construyendo una comunidad donde prospera lo espiritual y en consecuencia se sana y se fortalece. El salmista habla del Rey que hace florecer la justicia, atendiendo al pobre y construyendo la paz [Salmo 72 (71), 1-3]. La misión de Jesús, el Cristo, hace florecer la justicia y hace crecer la paz entre todos. Jesús junta a los que están alejados, une a los que están separados, reconcilia a los que están peleados, hace trabajar juntos a todos, sin anular sus diferencias. Entonces hay felicidad.
Donde está Jesús pasando, crece esta felicidad, porque los cristianos, dejando de lado nuestras rivalidades, sectarismos y discordias, nos enfocamos en la comunión, en el diálogo, en hacer justicia con verdad y rectitud y atendemos al prójimo. El cristiano fortalece su alegría cumpliendo los mandamientos de Dios [Salmo 119 (118), 9-16]. Es la justicia del que vive con corazón puro y con manos limpias. El cristiano aumenta su alegría haciendo suyas las bienaventuranzas, anteponiendo la fuerza del Espíritu a las herramientas materiales y materialistas (Mateo 5, 1-12).
El cristiano, lleno del Espíritu de Jesús, fortalece la comunión entre todos, comunión en la igualdad, en la diversidad, en la participación. ¿Te acordás que somos todos hermanos y trabajas para que todos tengan oportunidades iguales? ¿Sabes valorar los talentos y originalidades, las diferencias que enriquecen? ¿Podes trabajar con todos y congregar a todos para trabajar unidos, con un objetivo que es bien para todos? De la comunión espiritual crece el bienestar y la felicidad de todos. La comunión entre varón y mujer, adultos, jóvenes y niños, nacionalidades y orígenes diferentes, culturas y credos diversos, es posible si hay una fuerza espiritual superior a lo puramente material.
El Mesías, lleno del Espíritu, construye en la justicia y genera paz. Así debe ser también nuestra vida cristiana. Vemos nuestra sociedad llena de inequidades, en tensión y en conflicto. Vemos un aumento de agresividad, verbal, material y física. Vemos división y disgusto, el malestar de muchos hermanos. Miremos con los ojos de Cristo y actuemos con Cristo, para superar de raíz estos males. Seamos instrumentos de justicia y de paz.
Actuar como Jesús, con buen juicio, es fruto del Espíritu Santo. El mal juicio está llevado por el hombre de la carne, egoísta, sectáreo, fanático. Busca recetas a su medida que no sanan la pobreza de la comunidad con la lógica del Evangelio sino con la lógica del mundo. Ellos dicen menos bocas, menos pobreza. Ellos dicen menos Dios, menos obstáculos para nuestras ideas. Ellos dicen menos Cristo, más Barrabás. ¿Cómo es tu juicio?
La mirada sencilla del Mesías que trae justicia y paz, ve en primer lugar la vida humana, la persona humana, la familia y la comunidad, y en función de ellos todo lo demás. Esa es una mirada llena del Espíritu Santo. Desde esa manera de mirar, Cristo construye la realidad de paz y amor. Esta mirada tiene buen juicio. La mirada de Jesús no está contaminada con ideologías ni materialismos. El buen juicio de Cristo no propone soluciones a la realidad poniendo en primer lugar los principios del mercado y el capital, tampoco un análisis social de confrontación de estratos sociales. Los ojos del Mesías que viene no están fanatizados y sus manos no hacen uso de la violencia, ni su lengua se inflama para hacer guerra, ni ocupa su tiempo para agitar a las masas. Con todo su corazón Jesús abraza al pobre, nos abraza a todos en nuestra pobreza, porque ve nuestra vida, nuestra dignidad y nos pone en comunión a unos con los otros. Entonces estamos bien, hay bienestar, hay bien común y compartido. ¿Cómo miras vos? ¿Cómo usas tus manos y tu lengua? ¿Cuál es el fundamento de tu solución para el malestar que vivimos?
La lógica y la acción del Mesías consiste en acoger a los pobres y partir con ellos el pan, para que todos compartan de su paz. Él genera igualdad de oportunidades, creando y fortaleciendo fraternidad. Nos recuerda que compartir es el camino. Si compartimos males, compartamos soluciones. No agrandemos más la división entre hermanos. Compartamos los bienes y las oportunidades en familia, en comunidad, en el país. No desnivelemos más la balanza entre unos y otros.
Equidad e igualdad de oportunidades son frutos de la justicia y de la paz que reconcilian y fortalecen la vida fraterna. Aprendemos equidad en la familia, cuando hay igualdad de oportunidades entre hermanos, sin negar sus diferencias. Sembramos equidad en la patria, cuando todos pueden tener tierra, techo y trabajo, sin anular iniciativas ni originalidades. Equidad e igualdad de oportunidades, significa mirar a la persona, a la familia, y disponer los bienes y capacidades que tenemos, para que todos tengan acceso al bien común de una buena alimentación, de un ambiente sano de vida, de una buena escuela, de un buen hospital, de un buen transporte público, de una buena seguridad, permitiendo que todos participen y generando iniciativas de todos.
Una familia no se construye con egoísmos e individualismo. Una comunidad no se construye privatizando lo mejor para unos y privando a otros de oportunidades. El bien común no es solamente un bien privado que todos pueden alcanzar, es en primer lugar un bien público al servicio de todos. Ese bien público, reconocido como un valor por todos y sostenido por todos, genera paz social. Una escuela pública de elevado valor es un espacio de distensión social. Un hospital de atención pública cualificada y eficiencia es un espacio de distensión social. Un transporte público seguro, ordenado, eficiente, es un espacio de distensión social. Un barrio sano y seguro, una plaza segura, son espacios de distensión social. Una familia con recursos suficientes es un espacio de distensión social. Como cristianos debemos generar y sostener el valor del bien común, elevando el valor público de servicios, que fomentan y enriquecen la vida, la persona, la familia, la comunidad.
Queridos fieles: En un pesebre, rodeado de una familia, Jesús abrió sus ojitos para mirarnos. Hoy quiere volver a mirarte a vos, mirar a tu familia. La mirada de sus ojos quiere volver a mirarte a los ojos para limpiar tu mirada. Sus manitos quieren tocar tu rostro para ablandarlo. Su corazón quiere hablar a tu corazón para que aceptes su camino de paz y de justicia, en el amor y en la misericordia. Quiere compartir su Espíritu contigo, para que te unas con Él en su misión y tu vida dé frutos, que sean testimonio de su presencia. En el pesebre. José y María creyeron y vivieron el valor más importante: estar juntos y unidos, para recibir la bendición de Dios en medio nuestro. En el pesebre el mundo contempla la riqueza del bien más valioso, que no se guardó para sí mismo, sino se compartió con todos, revelándose públicamente en la sencillez y en la ternura con todos. Que los frutos que lleves al pesebre, alegren al Niño, y traigan bendición a tu vida, tu familia, tu Iglesia y tu patria.

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