Homilía del Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación, Mons. Francisco Pistilli en la Misa Central de Itacuá

“Queridos hermanos y hermanas:

La lectura de estas fiestas de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, nos hace recordar nuevamente la historia de nuestra salvación. En la primera lectura, recordamos que la hostilidad, la tensión entre uno y otro, vino no porque el varón y la mujer sean distintos, sino por el pecado entre en el corazón.   Dios lo creó para estar juntos, para quererse, para estar juntos, para ser hermanos, para complementarse, pero fue el pecado que creo hostilidad entre ellos, dice la lectura del Génesis. La segunda lectura nos recuerda que Dios no quiso abandonarnos a nuestra suerte, sino quiso volver a sanarnos lo que el pecado destruyó, y lo hizo, nos volvió a reunir en Jesús, en el amor, volvió a traer el perdón, volvió a traer el alma para que recordemos que somos amados, queridos por Dios y que así como Dios nos ama, nosotros también tenemos que amarnos los unos a los otros.

El Evangelio relata el momento donde ocurre concretamente lo que Dios nos prometió, y es muy lindo recordar ese pasaje evangélico, con cuanta ternura, con cuanto respeto Dios se acerca a ella a través del ángel, y le saluda con amor, alégrate, no tengas miedo, Dios está contigo. El mismo Dios con cuanta delicadeza le trata a la Virgen a quien Él mismo ya preparó libre de aquel pecado para que sea la madre de Jesús. Y ella le responde a Dios, que sí, y Dios se hace carne, se hace hombre en su seno virginal. Esa escena llena de delicada ternura nos muestra también cómo vino Dios a pacificar nuestra vida, porque Dios quiere que vivamos en paz, no en la violencia, no en la agresividad, no en la hostilidad entre unos y otros. Dios no nos quiere enemigos, Dios nos quiere amigos, Dios nos quiera Familia. Es todo un ejemplo de vida el que descubrimos en la Santísima Virgen, en su hijo Jesús y en San José, porque Dios quiso formar esa familia y mostrar nuevamente esa familia donde reina el amor, donde reina la paz, allí hay justicia, en esa familia de Nazaret. Y hay justicia porque se tratan con el debido respeto el uno al otro porque se ayudan el uno al otro, hay justicia porque siendo distintos están el uno al lado del otro, ayudándose, complementándose, no hay rivalidad entre ellos. El ejemplo y la gracia de Dios lo hace posible, porque lo que hace posible esto es la gracia de Dios, la bendición de Dios que tocó la vida de la Virgen y la Virgen que respondió con su Sí, que tocó la vida de San José y San José dijo que Sí. Esa gracia y bendición es Jesús mismo, es el fruto bendito del vientre de María, esa es la bendición que quiere tocar nuestra vida. Ese Jesús que también se nos regala a nosotros y que viene a nuestro encontró, a cada uno de nosotros, y que viene en paz, viene con amabilidad, con ternura, viene con pasos firmes para alejar el pecado, pero viene con un abrazo cariñoso para levantar el pecador.

Esta fiesta que estamos celebrando queremos recordar que también nosotros somos hijos bendecidos por Dios y que quiere sanar nuestras vidas. El también quiere que crezcamos en esa paz, en esa libertad de los hijos de Dios, que crezcamos en fraternidad entre nosotros, una madre como María nos recuerda, justamente los que somos hijos, somos hermanos y tenemos que vivir como hermanos. Por eso creo que hoy, una vez más, Ella nos dice en un primer mensaje, no tiene que haber violencia, hostilidad, agresión entre nosotros, somos hermanos. Sufrimos muchos momentos de violencia este año, y seguimos sufriendo porque dejamos que el pecado gane. En la familia sabemos que existe violencia intrafamiliar porque no hay ese respeto mutuo, porque uno quiere ser superior al otro, porque uno le quiere ganar al otro, o quiere tener al otro como esclavo. Somos hermanos y tenemos que respetarnos, y eso tenemos que practicarlo, somos cristianos, somos hijos de Cristo. En tu familia no puede ni debe haber violencia. Sufrimos también la violencia a los más pequeños, a los abusos, algo que nos duele como Iglesia profundamente. Entre nosotros debe haber ese trato delicado, respetuoso, amable, cordial, con sinceridad, pero nunca con enemistad, con ese ñañá que a veces nos entra. Cuando más respeto exista entre nosotros más fuerte va a ser cada uno de nosotros. Lo primero que la Virgen nos recuerda, tiene que acabarse la hostilidad, y hay que mostrarlo con gestos concretos, amables y saludar con respeto aunque no sea de tu mismo equipo. Cuanto más generemos esa cultura del respeto más seguridad vamos a tener en cualquier lado y nos toca a todos hacerlo, para que cada espacio donde vivimos y donde viven nuestros hijos sea un espacio seguro.

El segundo mensaje que nos recuerda la Virgen, es que así como somos querido por Dios, tenemos que mostrar ese amor a los demás, de la misma manera como lo hizo Jesús. Siempre el amor tiene que ser nuestra guía, el amor, la misericordia. El que es fuerte que atienda al más débil, que no se aproveche de el, el más fuerte que se haga servidor del más vulnerable. El amor se muestra justamente cuando atendemos con generosidad a aquel que más necesita. La misión de Jesús, sanar a los enfermos, levantar a los caídos, a los heridos, llevar salvación al más pobre.

La Virgen nos dice y nos invita una vez más –siguiendo el mandato de Jesús- que seamos verdaderamente discípulos, viviendo en esa caridad entre nosotros, y la caridad de vuelta se aprende en casa, donde tenemos que crecer con ese fuerte sentido de caridad, si tenemos ese fuerte sentido de caridad desde nuestras casas, volvemos a salir a la calle a la defensiva, cuanto más amor, menos guerra. Cuando el necesitado se sienta atendido hay menos rencor, menos resentimiento.

Lo tercero que podemos decir en este día que nos recuerda a la Virgen es que sigamos la misión de Jesús, del fruto bendito de su vientre, que vino a traer y restablecer la justicia para que vivamos en paz. Y la justicia se reestablece cuando recuperamos el orden de nuestras vidas, cuando vivimos en la verdad y no en la mentira, cuando hacemos lo que es correcto y no lo que es corrupto. La Verdadera Justicia la debemos hacer todos nosotros, primero con el juicio recto, saber decir las cosas correctamente, distinguir la bueno de lo malo, para distinguir la verdad de la mentira, tener un juicio recto de las cosas. La Justicia es también dar al otro, el trato justo, tu hermano no es menos que vos, ni más que vos, es tu hermano. Tenemos diferencias, pero tenemos que tratarnos con una rectitud entre todos. Vino a reestablecer la justicia para darnos la oportunidad a todos de participar del mayor bien, la alegría y la felicidad de los hijos de Dios. Justicia significa que trabajemos para que todos tengan oportunidades iguales. En eso, de vuelta, lo decía en Caacupé y lo vuelvo a decir acá, comienza en casa, sigue en la escuela, continua en la calle, en el trabajo y en todas partes. Tenemos que ayudarnos para crear oportunidades iguales, equidad entre todos. Para eso es importante que valoremos el bien que es de todos. Ahí es donde se mete el pecado, porque cuando pensamos en el bien pensamos en el bien privado, no en el bien público, pensamos egoístamente, quiero solucionar mi problema y no el de los demás. Hay que cambiar nuestra mentalidad, valorar, y cuidar el bien que es de todos, el bien común y el bien público (de la educación, de la salud, el trabajo, la vivienda, el transporte, de la calle). Muchos cuidan sus casas, pero destrozan la calle, muchos cuidan su jardín, pero destrozan la plaza pública, cuidan sus vehículos pero destrozan los colectivos, tenemos que cambiar para cuidar ese bien público y sirvan a muchos y no solamente a algunos.

Justicia es justamente que crezca esa consciencia que los bienes están al servicio de todos, y que nadie se puede adueñar egoístamente solamente para sí. Justicia es también que se corrija al que hay que corregir, de la forma adecuada.

Vuelvo otra vez a la familia, en tu casa debes corregir, correctamente. A nuestros hijos lo educamos en el amor y lo corregimos con amor cuando se equivocan. Pero a veces también los hijos tienen derechos a decir cuando sus padres se equivocan, mamá te equivocas, papá te equivocas y si sos una buena persona vas a reconocer y vas a ganar de vuelta ese respeto de tu hijo y de tu hija. No quieras tapar tu equivocación, si reconocés, vas a recuperar credibilidad, pero si lo querés tapar, vas a romper la confianza con tu hijo, con tu hija. Así crecemos en  esa cultura, y en cualquier parte donde nos vamos a estar preparados para actuar correctamente.

Cuáles son los frutos que deben dar nuestra vida cristiana, es que verdaderamente nuestra fe nos mantenga unidos con Jesús, y junto con esa unión con Jesús se tiene que ver los frutos en la manera de vivir con tu prójimo, de tratar a tu prójimo y en las obras que hacemos juntos para construir una comunidad fraterna. Dios nos creo como hermanos y nos hizo su amigo para que vivamos en comunión, no divididos, no peleados, no en guerra, sino en la paz.

Que tu corazón se llene de la paz de Dios, para recibir su amor, su perdón, para que seas portador de esa paz. Cuando culmina la Misa decimos vamos en paz, vayan en paz, con la paz de Dios, con el corazón lleno de saberse querido para compartir la paz con Él. Que eso sea lo que nos sostenga siempre, aunque sea difícil la vida. Tenemos que sostenernos más fuerte de Dios para seguir realizando la Misión que Jesús nos dio, porque Jesús cree en nosotros, creamos más fuerte todavía en Dios y Dios va a hacer un milagro en nosotros.

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