NOVENARIO SANTUARIO DE CAACUPÉ.

Miércoles de la Primera Semana de Adviento 4o Día del Novenario de Tupasy Caacupé:

Tema:La Iglesia, cuerpo de Cristo – Pueblo de Dios.El laico como miembro comprometido del Pueblo de Dios.

Queridos hermanos:

1 La casa de nuestra Madre, Tupãsy Caacupé, es el mejor lugar para recordar que somos hermanos y que la vocación cristiana es un llamado a vivir una fraternidad que va más allá de las fronteras humanas, porque es Dios quien convoca y se comparte con todos sus hijos. Esto es lo que nos recuerda el profeta Isaías (26, 6-10), al decir que el banquete de Dios es para todos los pueblos de la tierra, y que la victoria sobre la muerte y el final de todas las lágrimas es la promesa cumplida por la bondad divina con todos. En la Carta Encíclica “Fratelli Tutti” el Papa Francisco nos recuerda esta fraternidad universal que compartimos. Recordamos así que delante de Dios somos un solo pueblo, en el que todos compartimos el amor de nuestro Padre Celestial, como también compartimos el amor de una madre que nos fue dada desde la cruz.2 El Evangelio de Mateo (15, 29-37) proclama que Cristo es el cumplimiento del Reino de Dios. La multitud que comparte los males de este mundo acude a Jesús y encuentra por un lado sanación; pero más que la superación de la enfermedad, la multitud encuentra un corazón compasivo que invita a que nos cuidemos entre todos y que no abandonemos a ninguno. Con la llegada del Mesías y con el misterio de su “kenosis” (anonadamiento) se da el inicio de un nuevo pueblo en el que el amor según el corazón de Cristo es la ley universal, donde todos son encontrados dignos de la misericordia y desaparecen las fronteras materiales o de cualquier tipo. Ese nuevo pueblo se pone en camino para hacerse uno en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Lumen Gentium 4, cita de San Cipriano). El Reino iniciado por Cristo no es un reinado terrenal con límites humanos, geográficos ni temporales, sino uno que se realiza con su presencia que devuelve al corazón humano su sentido verdadero. Esa presencia de Cristo se continúa en la Iglesia, Cuerpo y Sacramento de Cristo, llamada a ser ese Pueblo de Dios.3 La Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, ha recordado y madurado nuestra comprensión como Iglesia en la figura del Pueblo de Dios. Este pueblo de la Nueva Alianza tiene a Cristo como Pastor que reúne a su rebaño, en una vocación universal y misionera compartida por todos, más allá de las responsabilidades, ministerios y carismas diferentes que deben velar por la unidad y la plenitud de la vida recibida de Dios. Al referirse a los laicos, el capítulo cuarto de Lumen Gentium, insiste en el compromiso de los laicos, que en su plenitud cristiana deben buscar e impulsar el Reino de Dios, ocupándose en las realidades temporales según la ley divina. La santificación del mundo es misión de todo el pueblo de Dios, conformado por todos, clero, consagrados y laicos. Cada uno debe contribuir a hacer presente a Cristo según su dignidad y carisma, expresando juntos la unidad en el bautismo y viviendo cada uno su vocación de ser, en Cristo, sacerdote, profeta y rey. 4 Como Pueblo de Dios la Iglesia participa de la vida de los hombres y de la historia del mundo. Todas las realidades humanas de todos los tiempos encuentran eco en el corazón de la Iglesia, en su peregrinación hacia el Reino del Padre (Gaudium et spes 1). La pandemia, la economía mundial, la educación, la vida de los no nacidos, los abuelos, las nuevas tecnologías, la situación de las comunidades indígenas, la política nacional, las corrientes de pensamiento, todo hace parte de la vida en este caminar, todo nos compromete a la edificación del bien, desde la verdad y la caridad.5 La Iglesia en conjunto como Pueblo de Dios está comprometida con el Reino, pero especialmente a los laicos la Iglesia los necesita comprometidos en la santificación del mundo, santificándose en el mundo. Somos Iglesia en las realidades que nos involucran a todos. Frente a esto tenemos que hacer esta pregunta: ¿Hemos fracasado como Iglesia? ¿Ha fracasado la evangelización? Si estadísticamente somos en Paraguay un país en su mayoria cristiano y católico: ¿Podemos decir que hemos santificado nuestra realidad? Si hemos formado durante generaciones laicos, padres y madres de familia, maestros, obreros, comerciantes, artistas, profesionales en nuestras universidades católicas, si jueces, legisladores, autoridades municipales, departamentales y nacionales se han formado en familias católicas: ¿Estamos cumpliendo nuestro compromiso cristiano como Pueblo de Dios? En nuestras Diócesis, parroquias y movimientos: ¿Somos la Iglesia que debemos ser?6 Llevamos siglos de evangelización en nuestro Paraguay y con seguridad debemos decir que seguiremos. La fe permanece y en las pruebas se fortalece, aunque muchos males continúan, como los Obispos mencionan en el documento “Saneamiento Moral de la Nación” y la Carta Pastoral “Itaipú, una oportunidad de diálogo y concertación para el bien común”. La fe que se mantiene viva es el único argumento de éxito consistente que podemos esgrimir en toda la historia nacional. Por lo demás, no debe extrañarnos que estemos signados por la cruz. Si pensamos con criterios puramente humanos, Cristo, Cabeza de nuestro Pueblo, fracasó. Después de hacer tanto bien, de enseñar con la verdad, de sanar a muchos, en el momento de expresar su compromiso con su Maestro, todos le dieron la espalda, prefirieron a un ladrón antes que a Cristo y vociferaron que lo crucifiquen. Así le pagaron todo el bien que hizo. Pero el fracaso ante los ojos humanos no fue el fracaso de Dios. Donde todos esperaban ver un final y un derrotado, reconocieron un victorioso y un nuevo comienzo. El compromiso del cristiano es vivir crucificado por el mundo para salvar el mundo.7 Repito la pregunta que planteé: ¿Hemos fracasado en Paraguay y en el mundo como Pueblo de Dios peregrino en la historia? Obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados, catequistas, sacristanes, padres y madres de familias católicas así como bautizados en todos los ambientes de la vida social no son ajenos a la lista de los que han fallado y desilusionado, desde los primeros tiempos de la Iglesia. Pero también son obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados, catequistas, sacristanes, padres y madres de familias católicas así como bautizados en todos los ambientes de la vida social y pública, los que han inscrito sus nombres como mártires en su compromiso y fidelidad a Cristo. ¿Quién puede juzgar el compromiso de cada cristiano? Eso corresponde al corazón de Cristo. Pero también corresponde que cada uno haga un examen en conciencia. Si somos fieles en nuestra fe y vivimos comprometidos con Cristo y su Reino, aunque el mundo nos rechace, no fallamos. El trigo y la cizaña hasta el final de los tiempos.8 La santificación del mundo no se realiza únicamente desde el púlpito, recordando lo que se debe hacer, sino en el ejercicio de lo que es debido. Cada bautizado debe recordar su compromiso: como papá y mamá, como médico y personal de salud, como funcionario público, como abogado, periodista, como influencer, como autoridad, como juez, fiscal, soldado, policía, campesino o empresario: Eres sacerdote, profeta y rey unido a Cristo en la realidad que te corresponde, y es allí donde debes ser mártir de Cristo, como lo fueron Prisca y Aquila, María, Andrónico y Junia, Ampliato, Urbano, Trifena y Trifosa, Eustaquio, Apeles (Rom. 16, 3 ss), al igual que Justino, Clemente, Orígenes, Tertuliano, Arnobio, Lactancio, Boecio, Casiodoro, Felicitas, Perpetua, Potamiena y Marcela, y tantos otros cristianos, hombres y mujeres, que vivieron su fe en su compromiso como laicos.9 Como Pueblo de Dios debemos cuidar la unidad en la fe, en la esperanza y en la caridad y trabajar juntos, cada uno en su espacio. Clero, consagrados y laicos, caminamos juntos y debemos vivir en ese espíritu sinodal, dialogando, buscando juntos lo que Dios quiere y haciendo cada uno realidad su compromiso. Como laicos y como Pueblo de Dios en su plenitud, debemos identificar y superar algunos vicios que frenan y confunden en la vida de una comunidad cristiana comprometida la santificación del mundo:9.1 El clericalismo. Tiene dos versiones: Clericalista es el que usa mal la autoridad, que debe ser servicio y no poder; clericalista es el que se esconde bajo la sotana o el hábito y no asume su responsabilidad en el mundo como adulto en la fe. El compromiso es vivir la autoridad como servicio y enriquecer la comunidad con la responsabilidad compartida por todos, cada uno en su espacio y momento, por el bien del todo.9.2 El capillismo. También tiene dos versiones: Capillistas son los que se aislan del mundo y buscan su santidad solamente al interior de templos y sacristías; capillistas son los que se consideran a sí mismos como los únicos santos y puros y que todos los demás son cristianos mediocres. El compromiso es ser uno en la diversidad, y sumar a todos.9.3 El postureo o la grandilocuencia moral y el discurso parenético sin consecuencias: Esto es simplemente el uso y abuso de la moralidad para lograr estatus y reconocimiento, promoción propia y causar buena impresión. Puede ser una forma de congraciarse con lo que en apariencias debe ser, queriendo expresar una superioridad moral respecto de los que no comparten esa posición. El discurso parenético sin consecuencias es decir lo que hay que hacer y no hacerlo, no plasmarlo en realidades y proyectos concretos que puedan ejecutarse. Las generalizaciones (todos son malos, solamente el que habla es bueno), los titulares rimbombantes, las corrientes de opinión tendenciosas, son expresiones de una supuesta superioridad que no colabora a la solución de los males. El compromiso no es leer y entusiasmarse, es pensar, discernir, buscar la verdad y ponerla en práctica.9.4 Las soluciones únicas y las posturas inmaduras de blanco y negro. Es una fantasía inmadura pensar que hay que por ejemplo eliminar a todos los de un determinado esquema de pensamiento y que todos deben hacer alinearse a un único modelo. Hay cristianos más orientados a la izquierda que piensan así, hay cristianos más orientados a la derecha que piensan así, hay cristianos de centro que piensan así, tanto en el foro eclesial como en el foro social. Hay cristianos reduccionistas así como innovadores, y no es extraño que uno y otro piensen que este o aquel problema tienen una sola y única solución, pero siempre única, sea lo que siempre se hizo o lo que aparentemente nunca se hizo, la de antes que siempre fue mejor o la de mañana que podría ser mejor que lo que tenemos. El compromiso es con una realidad compleja.9.5 Infundir miedo y hacer la vida más amarga. Hay cristianos lamentablemente comprometidos con el miedo, pero el miedo no es un elemento de juicio para tomar decisiones. El miedo magnifica los males, crea fantasmas donde no necesariamente los hay, paraliza en ideas obsesivas, crea los caldos de cultivo de las sopas conspirativas, de la sugestión de masas con ideas tóxicas y promueve la violencia frente a otras maneras de comprender la realidad. Hay que usar las redes sociales y los espacios de opinión correctamente. Seamos vacunas, no virus, que enferman más a la comunidad. Ser vacuna significa que conocemos el mal, pero somos capaces de neutralizarlo y fortalecer la salud. No necesitamos que nos recuerden todo el tiempo lo mal que estamos, para que algunos se sientan bien porque dijeron lo que está mal. Estos son como el vinagre o peor el amargo veneno de los que se auto-complacen de ver siempre lo malo y así se sienten importantes. El compromiso es ser sal, ser fermento, ser luz.9.6 La huida sobrenaturalista y la huida materialista o terrenal. Cada una de estas tiene diversas variantes pero siempre algo en común. La sobrenaturalista reduce la religión a ciertas prácticas o rituales que alejan de la realidad, la distorsionan y adoptan expresiones estrafalarias. La materialista o terrenal confunde el Reino de Dios con el reino temporal, olvidando la verdad de Cristo: “Mi Reino no es de este mundo”, alejando la realidad de Dios con métodos que no son divinos. La fe y el apostolado no son huidas, sino participación en el misterio de Cristo que se encarnó, vivió, murió, resucitó y nos acompaña en esta peregrinación hacia la casa definitiva. El compromiso es “vivir con la mano en el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios”, con la mano en el arado y los pies el surco de la vida, con el alma en alto y el corazón sereno en un amor eterno.9.7 La pereza de hacer bien las cosas, la seducción de la riqueza, del poder y del placer, la negligencia y la corrupción. Es el compromiso que hicimos en nuestro bautismo: Decir no al pecado y vivir como auténticos hijos de Dios. CIC 1691: “Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (San León Magno, Sermo 21, 3)10 Como Pueblo de Dios y de María estamos acá. Llegamos con nuestras alegrías y satisfacciones, con nuestras heridas y tristezas, con nuestras preguntas y búsquedas, con nuestros aciertos y errores. Volvamos a casa con fe, dispuestos a encarnar el compromiso de ser cristianos. La realidad la vencemos con Cristo, en su cruz y en su resurrección. Llevamos la cruz del Señor, porque somos su Pueblo. Avanzamos con su fuerza, porque Él vive en nosotros.+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

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