CARTA DEL PROVINCIAL-Pasión, muerte y resurrección de la Compañía de Jesús

El 7 de agosto de 2014 recordamos y celebramos el bicentenario de un acontecimiento vital en la historia de la Compañía de Jesús, la cual después de ser suprimida como orden religiosa católica en el año 1773 por el Papa Clemente XIV, fuera restaurada el 7 de agosto de 1814, con la promulgación de la Bula “Sollicitudo Omnium Ecclesiarum”, por disposición del Papa Pio VII.
La Orden de los Jesuitas fue restaurada “en su ser natural”, asumiendo su raíz histórica, sus mismas Constituciones y su mística tradicional, basada en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Ante algunos intentos de reforma, de rehacer la orden en un molde nuevo, primó la fidelidad al espíritu que la hizo nacer, conforme la sentencia del mismo Papa Pio VII: “Sean como son, o no sean”.
De los casi veintitrés mil miembros que llegó a tener la orden al tiempo de la supresión, algunos pocos jesuitas dispersos en diversas naciones de Europa encontraron la forma de mantener encendidas las brasas de su vida consagrada en las catacumbas del mundo y de la Iglesia, alejados del poder y de los reconocimientos de sus logros gloriosos, permanecieron como la semilla bajo tierra, esperando el tiempo germinal de la restauración para reagruparse después de 41 años de vida oculta. La Compañía de Jesús en el Paraguay ciertamente fue muy duramente golpeada, primero por la expulsión de los jesuitas del Colegio de Asunción, que fuera ejecutada por tropas al mando del Gobernador del Paraguay en la víspera de la fiesta de San Ignacio, el 30 de julio de 1767, y luego por la expulsión de todos los jesuitas de los pueblos de las Reducciones, la que fuera llevada a cabo durante el año 1768.
De esta expulsión dice el historiador argentino Enrique Dussel en su Historia de la Iglesia de América Latina: “El hecho capital y decisivo en el siglo XVIII, para la historia de la Iglesia latinoamericana, fue la expulsión de los jesuitas… Partieron de América Latina más de 2.200 padres, lo más selecto del clero misionero y de la inteligencia latinoamericana. Sus reducciones fueron objeto de la rapiña de los colonos y simplemente del abandono de la obra por parte de los indios. ¡Nunca podrá lamentarse bastante la importancia que dicha expulsión tuvo para los destinos de América Latina!”.
También el jesuita Benjamín González Buelta, en su reciente discurso en la Universidad de Salamanca, señaló: “Lo mismo que la supresión de la Compañía con la sanción de la autoridad religiosa y a bayoneta calada, también la crucifixión de Jesús fue un espectáculo estremecedor, público, bien visible, con exhibición de poder, con sentencias, uniformes, soldados, armas y rituales de muerte. Sin embargo la resurrección de Jesús fue humilde, silenciosa, sin ninguna imposición, ofrecida en la intimidad al “ver creyente” de sus amigos, y su misión sigue creciendo viva en la carne frágil de sus seguidores.”
Esta reflexión se aplica muy bien al modo en que se dio la restauración de la Compañía y el tardío retorno de los jesuitas al Paraguay. El primer intento de retomar la misión con los guaraníes, para el que tres jesuitas vinieron desde Buenos Aires a establecerse en Asunción tuvo lugar de 1843 a 1846. En esta ocasión el Padre Bernardo Parés fundó el Instituto de Moral Universal y Matemáticas, del que fuera alumno el hijo de Don Carlos Antonio López, el futuro Mariscal López. Pero este intento no pudo arraigarse ante la incompatibilidad entre una Iglesia concebida como parte del estado, con el Obispo Basilio López, hermano del Presidente, y una orden que tenía muy fuertes vínculos con la autoridad romana.
Hubo que esperar poco menos de un siglo para que en el año 1927, también desde Buenos Aires, llegaran a Asunción los primeros jesuitas que consolidaron la presencia estable de la Compañía de Jesús en el Paraguay hasta el presente. Esta vez el viejo tronco del Paraguay admitió el injerto de esta rama, que no le era extraña, y que fue creciendo hasta dar buenos y notables frutos para alimentar al pueblo paraguayo, el cual está imborrablemente ligado a la historia y a los más caros sentimientos de los jesuitas de todo el mundo.
Así pues al celebrar los 200 años de la restauración de la Compañía de Jesús, los Jesuitas del Paraguay con nuestros colaboradores, como familia ignaciana del Paraguay, lo vivimos como un tiempo propicio para agradecer nuestra herencia, la herencia de los grandes logros, que nos hacen sentir un legítimo orgullo, y también la herencia de las duras pruebas, porque en ellas nos unimos al Señor que sigue llevando su cruz.
Un tiempo propicio para renovar el espíritu, manteniendo nuestro compromiso de cercanía con los niños y los jóvenes, a quienes animamos a encontrar su misión en la vida, esperando que de entre ellos surjan nuevos jesuitas paraguayos, sacerdotes y hermanos, que Jesús quiera llamar y enviar para hacer parte de esta Compañía que se honra en llevar su nombre.
Un tiempo propicio para el aprendizaje de la colaboración apostólica con hombres y mujeres, laicos y laicas, religiosos y religiosas, con quienes compartimos esta apasionante  misión.
Un tiempo propicio para seguir estando cerca de los pobres y excluidos, para estar al decir del citado Benjamín González Buelta: “en las ‘fronteras existenciales’ de la realidad donde nos encontramos al lado del pueblo de Dios, podado más cruelmente que nosotros, que camina por la historia mutilado y resucitado al estilo de Jesús.”
Fuente: Provincial P. Alberto Luna sj. / jesuitas.org.py

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