De la acción de gracias en la comunión Eucarística a la presencia de la Santísima Trinidad

Estas líneas escritas por un amigo y hermano en el sacerdocio, quieren recordar el testimonio dejado por el querido Padre Balbino Leguizamón Maciel.

La hermosa  mañana del domingo 15 de febrero pasado, que transcurría en la tranquilidad del día del Señor y de descanso, fue interrumpida por la  llegada de sorpresivos mensajes de texto de varios amigos dándonos una noticia inesperada y a la vez muy dolorosa, había regresado a la Casa del Padre un amigo y un hermano, el P. Balbino Leguizamón Maciel, de un modo no pensado, sin que tuviésemos la oportunidad de visitarlo o de animarlo  por motivos de enfermedad.
El dolor inmenso causado en sus feligreses, amigos y familiares fueron acompañados con expresiones de cariño, admiración y gratitud a la persona del padre, amigo, hermano y pastor, resaltando un sin número de cualidades, dones y carismas que poseía y la certeza firme de que nuestro Señor lo había acogido en su Reino.
Con el llanto, ocasionado por el despojo, afloró en muchas personas la gratitud a Dios por la calidez del pastor, por sus consejos, por su cercanía, por su generosidad, por sus palabras, por sus consejos, por su don de gente, por esa incomparable humildad y sencillez que lo caracterizó desde siempre y adornó su persona y atrajo amistades y despertó confianza de las personas que tuvimos la oportunidad de tratarlo.
En el servicio sacerdotal se mantuvo siempre con gran discreción y prudencia, y una gran disponibilidad para la tarea encomendada, con espíritu animoso y misionero, acompañaba  las comunidades, grupos y movimientos de su comunidad parroquial y los compromisos diocesanos, manteniendo la alegría que  demostrada en la sonrisa y en las bromas, creando de ese modo lazos de fraternidad.

Nos ha impresionado en los medios sociales de comunicación expresiones como estas: “Estoy muy triste porque se fue mi consejero”. “Sacerdotes como él son pocos”. “Gracias por tu amistad y sencillez”. “Se fue un gran amigo”. “Gracias por muchas enseñanzas, la ayuda y la generosidad que siempre te caracterizó! “El vacío que deja es difícil de restituir”. “Siempre te recordaremos alegre humilde y servicial.” “Gracias papá Dios por habernos dado el inmenso gozo de haberlo conocido y de aprender tanto de él. …evangelizaba en todo tiempo y lugar y si era necesario utilizaba la voz”.  “El mejor! El que me enseñó desde pequeña… que el Señor necesita verdaderos Misioneros”, etc.
Estas expresiones y sentimientos del pueblo de Dios nos llenan de alegría, sobre todo a la hora de confrontar con esta verdad la publicidad negativa expandida a diario por algunos medios de comunicación con la intención de desprestigiar a la Iglesia y a sus ministros, con hacernos creer que solo hay pecado y debilidad humana. De que todo es incoherencia y miseria; promocionando en la vidriera de la información  los escándalos sucesivos como única verdad, y desechando los testimonios de entrega y fidelidad de tantos servidores del pueblo cristiano. Nunca harán publicidad con el testimonio de entrega incondicional de los pastores ni de las obras buenas que se realizan en la misión evangelizadora de la Iglesia, de obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, ni de laicos comprometidos.
Nos parece un gran simbolismo el lugar y el momento de su partida, pues el sacerdocio está ligado a la Eucaristía, nace de ella, se alimenta en ella, y en ella encuentra sentido y plenitud,  y el Sacerdote está llamado  a ser  Eucaristía para los demás. Este servidor fue llamado con la mano en el arado, vestido con ropa de fiesta, con las sandalias puestas,  participado en la comida y bebida de salvación, (Éxodo 12, 11)  y  la acción de gracias por la comunión Eucarística  se volvió eterna. Esa vida humilde y  sencilla de servicio  se entregaba totalmente a su Señor, imitando de ese modo a Jesús buen pastor  que dio la vida por sus ovejas, a quienes apacentó con la Palabra de Dios y alimentó con el cuerpo de su Hijo minutos antes del que el Señor de la vida lo llamara a su presencia.
Es grande el vacío que nos deja, en la amistad, en el afecto y en el ministerio sacerdotal, y muchas preguntas realizamos al Señor, sobre todo  delante de la escases de vocaciones al sacerdocio, y una vida  tan fecunda que podía seguir animándonos en la fe y peregrinando con nosotros, pero los planos del Señor no son los nuestros, ni sus caminos, no son nuestros caminos (Is. 55, 8). El Señor es el que nos pastorea y su Espíritu es el que viene en ayuda de nuestra debilidad, nos instruye y nos enseña todo.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc. 1, 46-47). Elevamos nuestra acción de Gracias a Dios nuestro Padre por tanto bien recibido a través del  pa’i Balbino y por estos casi 18 años de servicio sacerdotal, vividos  en la Diócesis de Encarnación y en tres parroquias  específicamente,  por toda la obra de caridad realizada a sus hermanos en la fe, y por el testimonio de una vida sacerdotal perseverante vivida en la alegría y en el gozo que brota del  Evangelio, nos imaginamos que el encuentro con su Señor  habrá  sido una vez más con su característica  humildad diciéndole: “Soy tu simple servidor, solamente he cumplido mi deber” (Lc. 17, 10)
Pbro. Balbino Leguizamón Maciel.Q.E.P.D.

P. Rubén Darío Colmán A.

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