Dos obispos, sucesores de los Apóstoles, un solo si, una misma Vocación y una misma Alegría

En su alocución de despedida a los monseñores Ignacio Gogorza y Claudio Silvero, el Obispo de la Diócesis de Encarnación, expresó a los fieles presentes en la colmada Iglesia “Nuestra Señora de la Encarnación”:
“Queridos hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, consagrados y consagradas presentes, respetadas autoridades de la gobernación, de la ciudad, de la Entidad Binacional Yacyretá, de entidades civiles y autoridades de la Universidad Católica.
Queridos Monseñor Ignacio y Monseñor Claudio:
Honrar la vida y el servicio de dos Pastores de nuestra Iglesia, de dos hermanos obispos, es una oportunidad para usar bien la palabra. Han estado al servicio de la Palabra, del Verbo que se hizo carne, por muchos años. Fue por escuchar la Palabra de Cristo, y por responder a su llamado del Evangelio, que cada uno de ustedes llegó hasta esta diócesis de la Santísima Encarnación. Monseñor Ignacio desde 2004, Monseñor Claudio desde 1998.  Dos vocaciones, un mismo misterio.
La Vocación resonó en el corazón de un joven de la lejana Azkoitia, así como en el corazón de otro joven de la no tan lejana Iturbe, hace varias décadas atrás. Ambos escucharon y dieron su palabra con sencillo sí, una palabra muy corta, pero llena de contenido. Este monosílabo Sí, es responsable de una vida de seguimiento, de servicio, de misión. Ambos comprendieron que al dar ustedes su palabra, daban también su vida. De esa forma el Evangelio que predicaron, fue siempre sembrar, desde el ejemplo, desde el testimonio personal.
Como en la parábola del Sembrador, del Evangelio, la semilla cayó en el buen terreno de sus corazones. Y porque germinó bien en ustedes, el Señor quiso que ustedes fueran sembradores que siguieron esparciendo la semilla. Cada uno en su modo de ser ha sido un maestro sembrador. Hoy podemos ver nosotros los frutos y estamos agradecidos. La Iglesia de Encarnación que encontramos hoy es un campo sembrado, cuidado, limpiado, regado, madurado. Gracias, la Iglesia se los agradece. No han desperdiciado el grano ni el tiempo. Ya mucho está listo para la cosecha.
De lo que está lleno el corazón, habla la boca…
Monseñor Claudio, como Auxiliar de esta Diócesis, nos has regalado con tu Palabra, imágenes vivas, ejemplos coloridos, sabiduría encarnada en ejemplos de vida, palabras medicinales para ahuyentar el mal y dulzura que ha alegrado el corazón. Me atrevo a decir que sos como la caña de azúcar…no se desperdicia nada.
Monseñor Ignacio, como Pastor de esta Diócesis, nos has regalado la Palabra hecha Roca. Tus palabras son fundamento firme para apoyarnos, cimiento profundo que sostiene, conocimiento que compromete con la verdad, palabra mansa y paciente del que entiende, palabra que golpea y denuncia, palabra que es apoyo para levantar una construcción firme…No conozco la tierra de tus raíces, pero quiero pensar que lo que arraiga en tierra vasca tiene buenas raíces. Me atrevo a decir que eres una buena raíz que sostiene y que busca siempre más y más profundo…
Ambos han servido a la Iglesia en Paraguay en varios lugares. El 15 de noviembre de 2014 quiso el Papa Francisco pedirles un nuevo Sí. La nobleza y fidelidad a su Diócesis es ejemplar, también en la entrega de todo lo que han sembrado. Me dejan la vara muy alto, pero me apoyo en el Sí de ustedes. Verlos, conocer su testimonio de vida, me vuelve al sí de la misma vocación. Y me renueva en la misma alegría de los que han seguido y servido a Cristo, dando todo, para que su Reino crezca.
Permanecemos unidos en la vocación, en la misma alegría, en el Sí, como el de María, que hizo posible la Encarnación del Verbo. Gracias”.

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