Feliz día del sacerdocio

El sacerdote es un gran misterio y un gran don para las personas
“El sacerdocio es el amor del Corazón de Cristo”. Esta definición de San Juan María Vianney parece ser una de las más profundas y más adecuadas para citar en este Año Sacerdotal. No hay otra que mejor sintetice la esencia misma del sacerdocio. Sin embargo, una definición abstracta es inútil si no se le acompaña con el testimonio. El sacerdocio se puede entender sólo a partir de la vida del sacerdote.
El santo cura de Ars dice que el sacerdocio es “de Cristo”. Es Él quien llama. La iniciativa no viene de los hombres. Es Dios quien, según las palabras del cura Vianney, “coloca al sacerdote como otro mediador entre el Señor y el pobre pecador”. Dios llama y elige. Así llamó al campesino Vianney, al duque de Gandía (san Francisco de Borja) y al soldado Íñigo de Loyola. El sacerdote es un hombre ordinario, tomado entre los hombres, para una misión extraordinaria. Es Dios quien invita. La iniciativa es “de Cristo”. Los llamados, pobres o nobles, fuertes o débiles deben libremente responder a la voz amorosa de Dios. San Juan María Vianney subraya que el sacerdocio no sólo es de Cristo, sino “del Corazón de Cristo”. En otra ocasión, el santo dice que “este sacramento eleva al hombre hasta Dios”. La relación con el Creador es fundamental para el sacerdocio. “Cuando veáis al sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo”. Sin esta relación personal con Cristo, con su Corazón, la vida del sacerdote no tiene sentido. Pero, ¿cómo puede el sacerdote mantener esta relación? Con la oración y con los sacramentos, con la Eucaristía y la confesión. El grado de identificación con Cristo, la santidad del sacerdote, está toda aquí. Sin embargo, los sacramentos, estos signos de la presencia de Cristo real y verdadera, no son solamente fuentes de amor de Cristo para los sacerdotes. Si el sacerdocio es “el amor del Corazón de Jesús”, si los sacerdotes aman, los sacramentos son también para los demás. Por ello San Juan María Vianney pasaba en el confesionario hasta 18 horas al día, feliz de poder ser ministro de “un sacramento que cura las heridas de nuestra alma”.
El sacerdocio se perfila así en su última grande característica: un don para los demás. “El sacerdote no es sacerdote para él. No lo es para él, lo es para vosotros”, decía el cura de Ars. Al acercarse por primera vez a su futura parroquia, el santo francés preguntó a un joven si le podría indicar el camino de Ars. El joven se lo indicó y el santo le dijo: “Tú me has mostrado el camino de Ars, yo te mostraré el camino del cielo”. El sacerdocio es para los demás. No tiene sentido si no está relacionado con el amor por las almas. El sacerdote verdadero tiene sólo dos amores: Dios y las almas. A ellos dedica toda su atención. El sacerdote existe para amar al hombre como Cristo le amó, hasta el fin.
“El sacerdocio es el amor del Corazón de Cristo”. Llamado por Dios, identificado con Él por medio de la oración y los sacramentos. El sacerdote vive para hacer visible el amor de Cristo a los hombres. Se trata de un inmenso misterio, como decía el cura de Ars “el sacerdote sólo se comprenderá en el cielo”. Sin embargo, el Año Sacerdotal es una ocasión maravillosa para amarlo más y respetarlo como se merece.
Fuente: Catholic.net

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