Homilía completa del Monseñor Francisco Pistilli en la Misa de Caacupé

Tema: La mujer, destinataria de la misericordia divina

“Queridos hermanos y hermanas:
1. Dios escucha el clamor de la mujer
El Papa Francisco nos recordó en su visita el rol de la mujer en la historia de nuestra patria y de nuestra Iglesia. Nuestra historia está llena de testimonios de mujeres que se sacrificaron por el bien de sus hijos en el campo y en la ciudad, en la vida familiar y en la vida pública, en tiempos de guerra y de paz. Tanto laicas como consagradas son hoy protagonistas activas de la vida eclesial, familiar, nacional, profesional y empresarial. Su abnegación, su espíritu de servicio, su temple para defender la vida, su cariño y dedicación, su fortaleza y su valentía merecen nuestra gratitud y reconocimiento, con una alta estima y con una justicia sincera. Sus aportes en la ciencia, las artes, en instancias de gobierno, en áreas administrativas y de investigación hablan de un creciente protagonismo conquistado y de una riqueza que beneficia a todos.
La mujer gloriosa del Papa Francisco es al mismo tiempo la mujer dolorosa que clama. El clamor de la mujer, Dios lo escucha, porque su misericordia es eterna. El camino de la justicia pasa por la atención misericordiosa de cada hija, de la santa, de la dolorosa, también de la que se reconoce pecadora.

2. Dios enjugará toda lágrima. Conocer a Jesús es el mejor regalo y la mayor misericordia.
El tiempo mesiánico del que habla la primera lectura (Is 25, 6-10a) ya ha comenzado con Jesús. Las lágrimas de la mujer del Evangelio (Lucas 7, 36-50) tienen hoy una mezcla de dolor y de gozo, porque fueron correspondidas con amor. Mucho le fue perdonado, mucho amó. Esta es una ley que cada cristiano debe recordar toda su vida, y actuar en consecuencia.
Tanto el varón como la mujer, heridos por el pecado y por sus consecuencias, son destinatarios de este amor redentor. Varón y mujer comparten la dignidad de ser hijos de Dios, expresándola de maneras diferentes así como recíprocas, en una colaboración que quiere enriquecer y dignificar la vida humana.
Todas las acciones y gestos de Jesús en los evangelios quieren indicarnos que Él es el acontecimiento salvífico. Más que hechos salvíficos, el conocerlo personalmente a Él es el acontecimiento salvífico de nuestra vida. Su acción se dirige a todos los necesitados de redención. Conocerlo es el mejor regalo y la mayor misericordia:
Al resucitar al hijo de la viuda (1Reyes 17, 17-24), el profeta Elías impide que su pérdida la condene a muerte también a ella.  El regalo de Cristo es superior al del profeta. El regalo de conocer a Cristo es vida, una vida digna, una vida que hace justicia a la vocación del hombre y de la mujer. Cristo nos hace justicia en su misericordia.

 

“La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” Aparecida 29.

3. Cristo hace justicia en su misericordia
La vida pública de Jesús es un despliegue de amor y de misericordia frente a personas reales. No tiene la pretensión de juzgarlas, las ama porque están en camino, porque merecen ser amadas, porque lo necesitan. Jesús no solamente atiende y cura a los necesitados de misericordia. Él confronta a los que no son misericordiosos y abre un horizonte lleno de sentido a todos aquellos que sufren por la injusticia y por el pecado. Su amistad la comparte con todos, y responde a todas las formas de miseria humana, física, moral, espiritual.
La mujer en sus anhelos de dignidad, también en sus miserias y en sus necesidades, ayer como hoy, es destinataria de la acción salvífica misericordiosa de Cristo. No es un hecho aislado en la vida de Jesús. El evangelio de hoy recoge uno de esos momentos, en el que destaca la manera de hacer justicia de Cristo, en contraposición a la de un fariseo. Jesús no la condena. No deja que su vida la condene para siempre como una marginada.
Su actuar no es ideológico. Se encuentra con ellas, comparte con ellas, solidariza con ellas. Las asume con su originalidad, las valora con su diferencia, las asiste con su necesidad. Son muchos los ejemplos del evangelio: la hemorroisa, la samaritana, la adúltera, las primeras discípulas, la viuda pobre, la niña, Marta y María, su propia madre… A todas ellas, de maneras diferentes, Jesús les dice: Yo no te condeno, tu fe te ha salvado, ve y anuncia la misericordia.

4. La mujer del Evangelio es una mujer real, santa y pecadora, como la Iglesia real. El fariseo representa a varones y mujeres reales.
Hablemos de una mujer real y de situaciones reales. Ella va a buscar a Cristo. Asume el riesgo de que la juzguen sin piedad. El fariseo ya la ha condenado. El espera que Jesús también. En su rigidez el no entiende, no puede lidiar con la realidad de que nadie es totalmente justo ni pecador. Ese fariseo representa a esos varones y esas mujeres que se sitúan por encima de los demás.
La rigidez insensible es también una corrupción, lo recuerda el Papa Francisco (Domus Sanctae Marthae 23.03.2015). El fariseo del evangelio es insensible ante la mujer. Donde no hay misericordia, sensibilidad con el otro, no se hace justicia a nadie. También es el caso de los especuladores que se aprovechan de la debilidad ajena y de los viciosos que ya no tienen pudor en maltratar al indefenso. Son hombres y mujeres, de iglesia y del mundo, que etiquetan por la clase social, el género, la formación y la capacidad o discapacidad, los aciertos y los errores de sus historias de vida, su cuna y su bienestar económico, sus atributos físicos, su edad, sus amistades, sus límites…. Se jactan de despreciar con frases como: y quién se cree esa, ella no es nadie…. no se puede contar con la mujer…. Kuña….

5. Mujeres honestas, necesitadas y heridas. Dios es sensible.
El clamor de la santa, de la mujer honesta, Dios lo escucha. El prototipo es nuestra Santísima Madre, que representa a todo el pueblo que anhela la salvación. En ella Dios hizo justicia, bendiciéndola, fortaleciéndola, haciéndola Madre y Discípula por excelencia. Ella canta la misericordia del Señor con su Si, reconociendo su pequeñez y el favor de Dios que la elevó y santificó.
El clamor de la mujer necesitada, de esas mujeres dolorosas que solidarizan con Cristo a los pies de su cruz, de su propia cruz, la cruz de sus hijos, de su comunidad, Dios lo escucha, para que sean fuertes y dignas, para que su dolor no sea en vano, para asistirlas con bondad y caridad, para que tengan las mismas oportunidades y los mismos beneficios que todos.
El clamor de la herida, por el pecado propio o de otros, que quiere liberarse de la marginación ajena o de la autoexclusión, Dios lo escucha, para que ya no viva como objeto, sino como persona, que ya no sea esclava, sino libre.

6. Atendamos como discípulos a cada mujer, como Jesús lo hizo. Vivamos una Iglesia más mariana y más materna.
La inclusión de la mujer en la vida eclesial y en la vida nacional no es una campaña ideológica o populista. Es una exigencia, un derecho inherente de la dignidad de cada hija, en el respeto a su originalidad, en la valoración de su diferencia, en la reciprocidad del bien compartido, en la recta justicia y en la verdad sincera. En este camino, debemos abrirnos al encuentro positivo y emprender juntos el camino de la reconciliación y del perdón. Debemos también dejar de lado las posturas ideológicas de culpabilizarnos mutuamente. Que el varón deje de culpabilizar a la mujer y la mujer al varón.
Como discípulos misioneros estamos llamados a hacer visible el amor misericordioso del Padre, a cada una de sus hijas en una sociedad cambiante, todavía desigual, materialista, individualista. No se trata solo de hacer algo por ellas, sino con ellas. Qué valioso y qué insustituible trabajar con las consagradas, que tanto bien aportan a la Iglesia y a la sociedad, por mencionar un ejemplo.
Ellas necesitan protección. La inseguridad afecta a todos, en el hogar y en el trabajo. Es la inseguridad material, pero también la inseguridad emocional, la soledad, los vínculos familiares frágiles. Es la inseguridad laboral, la falta de capacitación. Es la inseguridad del hogar, de la casa propia, de la tierra. Es la inseguridad de la educación, del alimento para los hijos. Es la inseguridad de la vejez, de la enfermedad. Es la inseguridad de la violencia, de las adicciones. Es la inseguridad de la vida en muchas ocasiones. Es la inseguridad ante cualquier corrupción, que no tiene misericordia, que nos involucra a todos. Donde también hay que decir, que tanto el varón como la mujer son víctimas y autores de la corrupción.
Ellas necesitan promoción. Necesitan respeto y aliento. Necesitan oportunidades y justicia. Necesitan acompañamiento. Necesitan reconocimiento, valoración en la familia y en la profesión, en la comunidad. Necesitan la gratitud y la solidaridad en la maternidad. Necesitan estabilidad para poder transmitir cultura. Necesitamos que sean partícipes en muchas instancias de decisión y de realización, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Necesitamos que sean escuchadas en sus inquietudes, en su opinión. Necesitamos la solidaridad entre todos para superar cualquier desvalorización social y cualquier sentimiento de menosprecio y baja auto estima, que se interponga en el camino de una sociedad fraterna.

Proponemos algunas acciones pastorales: a) Impulsar la organización de la pastoral de manera que ayude a descubrir y desarrollar en cada mujer y en ámbitos eclesiales y sociales el  “genio femenino” y promueva el más amplio protagonismo de las mujeres.  b) Garantizar la efectiva presencia de la mujer en los ministerios que en la Iglesia son confiados a los laicos, así como también  en las instancias de planificación y decisión pastorales, valorando su aporte.  c) Acompañar a asociaciones femeninas que luchan por superar situaciones difíciles, de vulnerabilidad o de exclusión. d) Promover el diálogo con autoridades para la elaboración de  programas, leyes y políticas públicas que permitan armonizar  la vida laboral de la mujer con sus deberes de madre de familia. Aparecida 458.

g) Apoyar y acompañar pastoralmente y con especial ternura y  a las mujeres que han decidido no abortar, y acoger con misericordia a aquéllas que han abortado, para ayudarlas a sanar sus graves heridas e invitarlas a ser defensoras de la vida. El aborto hace dos víctimas: por cierto, el niño, pero, también, la madre.Aparecida 469

Todos necesitamos una Iglesia más mariana y más materna, donde el genio femenino resplandece recibiendo con ternura y bondad la vida, donde las relaciones son personales porque son gestadas entre personas con rostro, donde el valor de cada vida es enaltecido, redimido, en el servicio desinteresado. Una Iglesia con entrañas de misericordia porque fue bendecida y rescatada, y comparte en la solidaridad las alegrías y tristezas de los hombres, cuidando que cada uno tenga hogar y todos colaboren con la casa común. En esa Iglesia todos hallamos misericordia”.

Novenario de la Virgen de Caacupé. 2 de diciembre de 2015

+ Monseñor Francisco Javier Pistilli Scorzara
Obispo de la Diócesis de Encarnación

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