HOMILIA DE MONS. FRANCISCO JAVIER PISTILLI EN EL SANTUARIO DE ITAPÚA

Diócesis de la Santísima EncarnaciónEncarnación, 8 de diciembre de 2020Queridos hermanos y amigos:La solemnidad que celebramos es parte del misterio cristiano. El contenido de este dogma de nuestra fe, explica quiénes somos, quiénes estamos llamados a ser, quién es Dios con nosotros y a qué nos llama. La Inmaculada Concepción de María es un don que Dios concede a María, uniéndola ya con Cristo, para restablecer ya en Ella, como anticipo, lo que Jesús vino a realizar para todos: acabar con el mal y abrazar a la humanidad en su fragilidad, haciéndose Él mismo frágil, vulnerable, pero fuerte para derrotar a la muerte y al pecado. Cristo es el primero, y junto a Él María, expresando que en esa unión inicia el tiempo de la plenitud, abierto a todos.El relato del Génesis nos recuerda la caída del pecado, la caída del primer varón y de la primera mujer, ambos también símbolo de la plenitud de todo lo creado. Cayeron ambos, y con ellos toda su descendencia, es decir, todo el género humano. Signo de su caída es que se encontraron desnudos. Esta desnudez no se refiere a la falta de vestido, es algo más profundo de esa nueva condición, de verse lejos de Dios, de verse diferentes a su Creador, de sentirse menos que Dios. Hasta antes del pecado, compartir con Dios era su existencia natural. La desnudez de Adán y Eva es símbolo de la vulnerabilidad del ser humano, de su conciencia de ser frágil, limitado. Ahora sienten temor en la presencia de Dios, cuando antes no. En su fragilidad se sienten avergonzados, de haber querido ser más para descubrirse menos, y se vuelven temerosos.El castigo, es que todo se vuelve penoso, fatigoso, doloroso. La existencia carga con el peso de su limitación, de su separación con el que le dio todo, le dio la vida y le dio su imagen, su amor. Pero el castigo de Dios no es un acto de rechazo a su creación predilecta. Hay también dolor en las palabras de Dios, que le anuncia a su hijo y a su hija, lo que será su vida a partir de su pecado. Y en el dolor de Dios hay una promesa de sanación. Dios le dice que no estarán para siempre desamparados, y que llegará el día en que el mal será aniquilado, para volver a rescatar a sus hijos.Dios no desampara, da una solución al mal que se introdujo en su creación, en el alma del hombre y de la mujer y en su contingencia. El hijo nacido de la mujer, será herido, pero él aplastará la cabeza de la serpiente que lo hiere, matándola. Dios asume la desnudez del hombre, su desprotección, sus dolores de parto. Haciéndose como nosotros viene a hacerse vulnerable siendo Dios, para destruir el mal. El hijo nacido de la mujer es anuncio y esperanza, de aquél que ya vino, Cristo, que sufrió, fue herido, murió desnudo, pero venció y resucitó, terminando el ciclo de la muerte. El calcañar, el talón desnudo, es herido por la serpiente, es vulnerable. Así dice el texto del Génesis. Pero con ese talón herido, aplasta la cabeza del mal. El mal puede lastimar al Hijo de Dios hiriendo a su creación, pero no puede retenerlo a Él en la muerte, ni a aquellos que fueron creados a su imagen y semejanza.Creernos dioses expone nuestra desnudez. Creernos más que los otros, expone nuestra vulnerabilidad, transformando nuestro convivir en dolor, en un parto doloroso. La búsqueda de la mujer o del hombre perfectos, de la felicidad terrenal o de la salud total, muchas veces toma caminos equivocados. La historia nos plantea muchos ejemplos hasta hoy, de quienes pretendieron o pretenden ser como dioses, ser superiores a los demás en su fuerza física, bélica, intelectual, económica, en su belleza exterior o en algún rasgo genético interpretado como superior, más evolucionado.Esto es expresión de la humanidad que en vez de alimentarse del bien, de la bondad y de la verdad eternas, se alimenta de sí misma, come de lo mismo que produce, una imagen agrandada y falsa de sí, para terminar comiendo de su miedo a ser nada, a quedarse desnudo, de hallarse desamparado. Un signo de esta desnudez es la pelea entre hermanos, entre iguales. Se siente el miedo al encuentro, el temor al hermano en sus diferencias o en sus apariencias. No podemos escondernos de los hermanos, ellos conocen nuestra desnudez, nuestras limitaciones. La mejor humanidad, la más sana, es la que conociendo su fragilidad, confía en su Creador y en su Redentor, pues sólo con Él, puede vencer al mal. Esta mejor humanidad escucha el llamado de Dios, acepta el camino de la conversión y se encamina a buscar la voluntad de Dios, de que todos seamos hermanos. Sanar la vergüenza de la desnudez, es el camino del cristiano que abraza la existencia propia y de sus hermanos, en el amor de Cristo. La desnudez de su alma, que lo hace verse incompleto, transitorio, perecedero, en definitiva, imperfecto, en guerra con los otros, se reconcilia cuando se puede ver en Cristo y en sus hermanos, en paz, en armonía, en igualdad, en libertad, buscando ser mejores prójimos.Una herida en la cabeza, no es lo mismo que una herida en el talón. La cabeza herida es la que ya no se orienta como debe. El talón herido es memoria de la lucha, pero no es causa de muerte definitiva. Como cristianos y hermanos en Cristo, compartimos el talón herido, de nuestros combates contra el mal. Pero el talón es para pisar al mal, no al prójimo. Covid-19 es una de las experiencias del mal que debemos pisar juntos, uniéndonos con Dios y como hermanos. Nuestro combate con el mal se da afuera, en las condiciones adversas de la vida y de todas las dimensiones de la vida económica, social, política, ideológica. Pero se vence en el corazón del hombre, que en su desnudez, piensa correctamente y pisa con su talón el mal, no al prójimo. Si no pisa el mal con el calcañar vulnerable, se le mete el mal en la cabeza, que se va a querer alimentar de sus ideas limitadas, de pensarse superior a los demás. Todos tenemos el talón herido, todos nos necesitamos.María Inmaculada, es una mujer nueva, la mejor mujer, vestida por la gracia de Dios, cubierta en su desnudez por el Espíritu que la hace Madre, y la hace fuerte en su dolor. Es a Ella a quién acudimos los creyentes, cada día y todos los años. Este año sin peregrinación física, pero el corazón está que no para de caminar. Porque necesita volver a sentir a su Madre, volver a encontrar refugio en su desvalimiento, recuperar dignidad y alejar la vergüenza de su desnudez. Porque busca en María, al que puede pisar más fuerte que nosotros, y ayudarnos a vencer el mal, que nos aflige de muchas maneras. María nos ofrece el alimento verdadero, ya no el fruto prohibido dado con mentiras. Sino el pan vivo, el alimento vivo, la Palabra hecha carne que no miente, porque se da a sí misma. En el año de la Eucaristía que iniciamos, queremos dar una vez más el paso de buscar el alimento que sí nos hace mejores, no superiores a otros. Este alimento nos une en comunión como lo que somos: Familia de Dios, hermanos todos.Alimentados de Cristo, Dios nos invita a dar de comer a los demás. A que alimentemos no la vergüenza, sino la dignidad. No la muerte, sino la vida. No la mentira, sino la verdad. No el odio, sino el amor. No la revancha, sino el perdón. No el miedo, sino la esperanza.Hoy acudimos a María, para que el fruto bendito de su vientre puro, nos alimente y nos recuerde, que somos hijos, que somos hermanos, que juntos vivimos sostenidos en la misericordia de Dios, que nos abraza a todos en nuestra desnudez, que pisa con nosotros la cabeza del mal, para que todos encontremos la felicidad, la paz y la bienaventuranza.

Renovamos nuestra súplica a María, confiados en su intercesión:

Bajo tu amparo, nos cobijamos, ¡Oh Santa Madre de Dios! Y confiados en tu poderosa intercesión, te presentamos nuestras humildes plegarias.¡Virgen gloriosa y Bendita! Presenta, con bondad, estos ruegos a tu Hijo Jesucristo, Nuestro Salvador, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Diospor los siglos de siglos. Amén.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara,P. Sch.Obispo

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