HOMILÍA DE MONS. PISTILLI EN LA 1a. MISA DEL NOVENARIO EN HONOR A LA VIRGEN DE CAACUPÉ

Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación, inauguró el primer día de la Novena en Honor a la Virgen de los Milagros de Caacupé en el Santuario de Virgen Serrana.HOMILIADiócesis de la Santísima EncarnaciónCaacupé, 28 de noviembre de 2020Queridos fieles y amigos:Desde las festividades de Caacupé 2019 nuestra Iglesia en Paraguay celebra el año de la Palabra. A partir de las festividades de este 2020, damos inicio al año de la Eucaristía. “Nos ardía el corazón cuando nos explicaba las Escrituras” (cf. Lucas 24, 32) y “lo reconocieron al partir el pan” (cf. Lucas 24, 31), son dos frases tomadas del relato de los discípulos de Emaús en el Evangelio de Lucas (Lucas 24, 13-34). El camino de estos discípulos resume el camino cristiano, que comienza con Cristo, se realiza con Cristo y conduce a Cristo, para llevar Cristo a los demás.En cada misa hacemos el camino de Emaús. El rito de la liturgia nos introduce en un proceso de comunicación con Jesús. La comunidad reunida somos nosotros, los discípulos que peregrinan, que escuchan la Palabra y poco a poco se nos va encendiendo el corazón y renovamos nuestra fe, compartimos la fracción del pan y volvemos a reconocer a Jesús, para decir: ¡Es cierto, lo recuerdo, es verdad, lo creo y lo anuncio! Porque es Cristo quién nos habla cuando estamos reunidos para celebrar su memoria. Él nos explica la Palabra con sus palabras, con sus actitudes y sus acciones. Cuando hablamos de la “Palabra”, debemos recordar que es algo más grande que un sonido articulado con nuestra voz o unas letras escritas en alguna parte. Cristo es la Palabra viva (cf. Juan 6, 68) que se nos comunica, que se hace carne y alimento (cf. Juan 6, 47-57), uniéndonos en Él para compartir su presencia con muchos. La Palabra se da, se hace actual, en el encuentro con Dios, que crea, que une, que nos hace conocernos, que se entrega para hacernos uno (cf. Juan 17, 17-21). La Palabra de Dios no es algo abstracto, porque siempre se hace concreta en el encuentro.El encuentro con Dios es un espacio de intimidad. Su Palabra llega a nuestro corazón, como en Emaús. Pero no es una intimidad individualista. La comunicación de Cristo con nosotros es un don que se hace en el camino compartido, un proceso que se realiza en el corazón de la comunidad reunida, que comparte la mesa y el alimento, en la Iglesia. El don de Dios no es sólo individual, sino individual y comunitario al mismo tiempo, porque es para vivir en la comunidad eclesial y desde esta comunidad volver a compartirlo. Lo que conocemos, lo que recibimos, de lo que somos testigos porque lo hemos vivido, lo anunciamos y lo volvemos a compartir (cf. 1 Juan 1, 1-3).La Palabra y la Acción de Gracias (Eucaristía) se unen en Cristo y en el Cuerpo de Cristo que lo escucha, se hace interior, se hace nuestro. La mesa de la Palabra y de la Eucaristía no son dos mesas, sino una sola, que reúne a los discípulos (Iglesia) para nutrir la comunión, para que permanezcamos en el amor de Cristo (cf. Juan 15, 1-14), para que actualicemos la memoria de lo que Jesús hizo en nosotros y quiere seguir haciendo (cf. Lucas 22, 19-20; 1 Corintios 11, 23-26).En el camino de Emaús de cada misa, nos pasa como a los discípulos: nos damos cuenta, que no caminamos con un extraño, sino con Cristo. El largo camino de la humanidad, desde la creación y el pecado que nos alejó de la mesa de los hijos de Dios, en Cristo nos lleva a volver a reconocernos como hermanos, como hijos, que son familia de Cristo. Esta gracia que se nos comunica efectivamente, se articula en la Palabra que se hace signo, sacramento. Así como los discípulos de Emaús, volvemos a sorprendernos de algo tan grande y tan hermoso, que es esencial al ser humano como persona, como hijo de Dios y como miembro de la comunidad, que recupera su dignidad y se orienta a la verdadera felicidad en el amor con todos.Pero nos pasa a veces, que separamos la misa de la caridad, la Palabra de la vida, la comunión del servicio. Hay muchos cristianos que van a misa, escuchan la Palabra, reciben el don, pero no dan el paso de hacer vida, de hacerse miembros vivos del Cuerpo de Cristo, de hacerse signo en las realidades donde viven, estudian, trabajan, sirven.Así como la Palabra y la Eucaristía, no son realidades separadas, debemos decir, que la mesa que compartimos con Cristo, quiere transformarnos en presencia de Jesús en el mundo, que tiene hambre de Dios, de su Palabra y de su Vida. Nosotros, la Iglesia, debemos ser esa presencia viva, con nuestra palabra y con nuestra vida entregada por los demás. Este año de pandemia y seguramente la post-pandemia, no son excusas para no ser buenos cristianos, son nada más las circunstancias de hoy y de mañana, en las que debemos ser mejores personas como cristianos vivos, alegres, con esperanza, capaces de llevar la cruz, fieles, perseverantes, comprometidos con la comunidad y con la construcción de un mundo mejor, del Reino de Dios.Nada puede separarnos del amor, del amor de Dios y del amor fraterno (cf. Romanos 8, 35-39). Ni las desilusiones de nuestra sociedad o de la misma Iglesia, ni las malas noticias, ni las noticias falsas, ni las actitudes pesimistas de unos y otros, ni la agresividad con que muchos reaccionan en redes sociales y en la vida del hogar, ni la crisis moral, ni la crisis económica, ni la crisis de valores o la crisis de gestión, nada debe alejarnos del compromiso de dar vida al Cuerpo de Cristo, que sigue sanando para que tengamos vida sana. Porque somos Cuerpo de Cristo, queremos que nos reconozcan al partir el pan de la misericordia, de la esperanza, de la justicia, de la paz, del respeto por toda vida, de la capacidad de superar los obstáculos unidos, de decir la verdad y de ser coherentes, del servicio a la dignidad de todos.En este novenario de Caacupé 2020, y en el año en que como Iglesia en Paraguay destacamos y celebramos de modo especial la Eucaristía, volvemos a reconocer a Cristo y a reconocernos a nosotros mismos como Cuerpo de Cristo en el mundo, en nuestro país, en nuestras comunidades. La post-pandemia nos deja muchos desafíos, y no queremos quedarnos en palabras vacías. Somos un cuerpo, nos une la Palabra hecha carne, nos une Cristo que se nos da en su Cuerpo y en su Sangre. Nuestra fraternidad se sostiene en esta gracia, en este don, que lo recibimos para compartirlo, con los hermanos. Somos todos hermanos y hay hermanos que nos necesitan.Todo Paraguay es Caacupé. La Virgen de Caacupé nos une en todo el país. Así como Ella, la Madre de Dios, que escuchó la Palabra que se hizo carne en su vientre, así queremos que pase con todos nosotros que somos Iglesia. Que la Virgencita de Caacupé nos una en Jesús. Unidos acudimos a Ella, unidos celebramos el pan de la Palabra y el Pan eucarístico, unidos celebramos la esperanza con fe y con caridad. Como hicimos el viernes de dolores de este año, volvamos a rezar juntos:Bajo tu amparo, nos cobijamos, ¡Oh Santa Madre de Dios! Y confiados en tu poderosa intercesión, te presentamos nuestras humildes plegarias.¡Virgen gloriosa y Bendita! Presenta, con bondad, estos ruegos a tu Hijo Jesucristo, Nuestro Salvador, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Diospor los siglos de siglos. Amén.+ Francisco Javier Pistilli Scorzara,P. Sch.

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