Homilía del 1º aniversario de Obispado del Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara

En la Catedral “Nuestra Señora de la Santísima Encarnación” se realizó la Santa Misa de Acción de Gracias, por el primer aniversario de Episcopado del Monseñor Francisco Javier Pistilli Scorzara. Ante un templo colmado de fieles, el Mons. Pistilli agradeció al Señor por el primer aniversario y poder compartir con la feligresía. Agradeció a todos por ello.

Queridos hermanos y hermanas: En este año del servicio, de la misericordia, la fe hay que transpirarla en Encarnación, tenemos que seguir transpirando, este ministerio exige entrega, exige de nosotros trabajo y servicio cotidiano, hay mucho por hacer.
Estoy muy agradecido con la Diócesis,  con la comunidad sacerdotal, con la comunidad religiosa, consagrada y con los fieles de toda la Diócesis de Encarnación, porque veo que la fe, ese amor a Cristo y a la Iglesia, está vivo y hay ganas de seguir creciendo. Lo primero que me viene es, gratitud hacia todos ustedes y gracias por este año, de acompañarme, de quererme, de aguantarme, de sencillamente compartir conmigo. Creo que ha sido un año bueno. La finanza de la Iglesia está bien, gracias a la devoción, al fervor, el apostolado y la voluntad de todos, por todo ello, gracias a Dios, a la Virgen y a todos.
Muchas cosas mueve nuestra Iglesia en el tiempo, tenemos en el año de la Misericordia como una gran oportunidad para congregarnos.
En mi decisión de aceptar el Episcopado creí que la palabra justa para escribir lo que Dios me pedía, era tomar esa frase, ese saludo de Jesús Resucitado ¡Alégrense! Ese saludo que sale al encuentro victorioso de la muerte, de pecar, sale al encuentro para llevar esperanza, alivio, para llevar vida a su Iglesia, para hacerles saber que ese Cristo que murió en la cruz inaugura un nuevo tiempo. Este año de la Misericordia, es ese nuevo tiempo. Nos alegramos porque Dios es misericordioso con nosotros, nos alegramos porque Él nos quiere tanto, nos abraza en nuestro pecado, en nuestra miseria. Nos alegramos porque nos bendice en nuestra fragilidad y nos acompaña. Nos alegramos porque sencillamente está con nosotros en todo momento y en toda circunstancia y por lo que Él promete se cumple y por lo que Él anuncia se realiza, por eso nos alegramos, vamos arriba. En verdad, en el espíritu sigue vivo esa alegría y ese anhelo de Cristo  de compartir la alegría de Cristo con la Diócesis, con cada hermano, con cada hermana. Compartir la alegría del Señor,  la alegría de sabernos amado y por la alegría de su misericordia, de este Señor que no se cansa de perdonar, de amar, de dar la vida. En ese espíritu también podemos vivir este año de Gracia, sabiéndonos invitados a participar de la alegría del Señor, en la mesa de Dios Misericordia y a compartir la mesa de su misericordia con muchos más.

En los últimos tiempos, las personas me decían ‘Monseñor estoy preocupado, porque muchos hermanos van a las otras Iglesias’. Yo quiero decir al respecto 2 cosas, primero no seamos envidiosos. Si alguien encuentra ese camino de seguir a Cristo. Él va a saber cómo dirigirlos, si de verdad le sigue a Cristo y si de verdad le ama al Señor. Dios nos conoce, es Él el que nos lleva.
Lo segundo, vivamos nuestra fe con alegría, y con ese espíritu de la misericordia que nos tiene el Señor. Hagamos nosotros, nuestra Iglesia más alegre y más misericordiosa, y veremos cómo nuestras Iglesias se irán llenando de muchos que vienen encontrarse aquí con el Señor, con Cristo, que vienen aquí a encontrarse con alegría del Evangelio, que viene a encontrarse otra vez con su Padre, como el Hijo Pródigo que vuelve a su casa. Vivamos nosotros nuestra fe con mucha alegría, con mucho entusiasmo, y al mismo tiempo, con esa misericordia que nos pide el Señor, ellos mismos irán siendo el milagro.
En este año que va terminando queremos seguir –luego de la Visita del Santo Padre- con esa catequesis kerigmático, y con esa catequesis kerigmático y trabajo misionero, muchos han vuelto a nuestra Iglesia han vuelto a recibir, el bautismo, la primera comunión, la confirmación y han bendecido sus matrimonios, fueron muchas en todas las Parroquias de la Diócesis. En esa visita a la gente, muchos han vuelto a encontrar la alegría de su fe, la misericordia, de saberse querido, invitado, querido por sus hermanos. Por eso no seamos mensajeros de la desesperanza, o transmitir ‘mala onda” como dirían los jóvenes, al contrario vivamos la alegría de nuestra fe, compartamos en entusiasmo de nuestra fe, volvamos a encender nuestro corazón en la misericordia, sabiendo que tanto nos quiere Dios y tanto más nos va seguir queriendo. Ese tiene que ser el espíritu para vivir este año y todos los años. Hoy tenemos una gran oportunidad de poner nuestro propio corazón al Señor, abrir las puertas del corazón. Hemos abierto las puertas de la Misericordia de la Catedral y del Santuario de Itacuá, pero es necesario que cada uno habrá la puerta de la misericordia de su corazón, hagámoslo para que entre el Señor y para que el Señor nos haga salir de nosotros mismos en la alegría de sabernos bendecido, para que Él entre y nos haga salir al encuentro de muchos que nos están esperando, anhelando un mensaje de paz, de perdón, de reconciliación, de esperanza, de amor, de adviento, o sencillamente un mensaje sincero fraterno, y decirnos vamos juntos, caminemos juntos este camino en las pendientes y bajadas, así el Señor con este espíritu ira bendiciendo aún más nuestra Iglesia y nos seguirá llenando nuestras Iglesias. Es la fuerza de irradiación de cada cristiano, la fuerza y el fuego con la que irradia su fe, el camino por el cual el Señor quiere llenar nuestra Iglesia, nuestra ciudad de su presencia en su misericordia. En ese sentido, encendidos por Dios, transpiremos mucho, que el calor venga de adentro, de ese ardor renovado de seguirlo al Señor y que el Señor siga despertando vocaciones santas, entre nosotros, entre ustedes, no le esquiven a la santidad, no le esquiven a ser llamados santos, a la gracia para ser santos, porque esa santidad es la que va a sostener nuestras Iglesia.
María fue santa porque no esquivo al llamado del Señor, porque abrió su corazón para que entrara, y porque abriendo su corazón salió de sí misma para hacerse servidora, porque ha sido tocada por la Misericordia del Señor.  Que seamos tocados por la Misericordia del Señor, para que allí donde nos encontramos salgamos al encuentro de nuestros prójimos a compartir  el don recibido, esa es la dinámica de la misericordia. Por eso quiero tomar el ejemplo de nuestra Patrona, de nuestra protectora y nuestra educadora, la que nos enseña cómo vivir la misericordia del Señor, la que nos enseña a descubrir el rostro misericordioso de Jesús, la que nos enseña a compartir ese rostro de Jesús con los demás.
Estamos por buen camino, hay mucho por hacer, si hay trabajo no hay que quejarse y ya que hay mucho trabajo, trabajemos. Que el Señor nos bendiga a conseguir los frutos en este camino.”    
Posterior a la homilía y luego del saludo de la feligresía, el Mons. Pistilli asistió al excelente Concierto de Navidad, brindado por el Coral de la Universidad Nacional de Itapúa.

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