MEDITACIONES PARA CADA DIA DEL AÑO: Los 5 minutos de Dios de Alfonso Milagro

Felipe II llamaba a los príncipes a su alcoba del Monasterio del Escorial, ya moribundo, para enseñarles la prematura corrupción de su cuerpo supurante: “¡Mirad, hijos, en lo que acaba la realeza de este mundo!”.
Bello ejemplo de un rey cristiano para tantos magnates envanecidos, jactanciosos y altivos. Es muy dura, pero muy purificadora y santificante esta incorporación a la cofradía del dolor, esta configuración con el sufrir de Cristo, adorando los designios divinos, que no se pueden comprender, cuando la vida se deshace, como nube de atardecer estival. No estará de más que nos recordemos de los diez millones de epilépticos, catorce millones de leprosos, treinta y dos millones de sordomudos, quince millones de niños subnormales… y de tantos cientos de miles sin catalogar. Al enfermo hay que decirle, no tanto el porqué de su sufrimiento, cuanto el para qué del mismo.
“Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (GS, 22). El sufrimiento es la moneda con la que se compra la eficacia del apostolado y es el mejor crisol de nuestro amor a Dios.

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