MEDITACIONES PARA CADA DIA DEL AÑO: Los 5 minutos de Dios de Alfonso Milagro

Cuando nos hallamos ante un espectáculo grandioso, mayestático, el silencio es la mejor expresión de nuestra admiración, el mejor homenaje que podemos rendirle, por confesar implícitamente que no hallamos palabras para expresar todo lo que sentimos y vivimos en ese momento.
En nuestra oración reposada e íntima, con frecuencia deberemos recurrir al silencio; no un silencio inexpresivo y estéril, sino un silencio operante, de plenitud de Dios y de todas las cosas.
El silencio es la palabra más plena, la más redonda, la que dice más, la que todos entienden, la que no necesita explicación, la que no se halla limitada por conceptos, la que Dios escucha mejor, con la que más se entienden los hombres.
El silencio de la palabra, cuando habla muy profundo el corazón; el silencio de la mente, cuando vive con intensidad el espíritu; la inactividad del cuerpo, cuando el alma brota por todos los poros y se derrama en todos los momentos.
“Silencio, toda carne, delante de Yahvéh, porque El se despierta de su santa morada” (Zac, 2, 17). El silencio es el reconocimiento de la presencia del Señor, del respeto que se le debe y que nosotros se lo expresamos de esa forma. De ahí que debas ser más respetuoso del silencio que la presencia sacra mental del Señor en el templo te exige.

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