Mons. Pistilli recibió premio Yvy Marane’y 2019 a la “Personalidad Destacada” y galardonado con el Premio Departamental

El premio Yvy Marane’y 2019 a la “Personalidad Destacada” recibió Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo de la Diócesis de Encarnación, en el acto central que se desarrolló el miércoles 10 de julio en el Auditorio Mcal. Francisco Solano López de la Gobernación de Itapúa. Dicho Galardón se instituye a Ciudadanos e Instituciones del Departamento, o vinculados a la región, sean del sector público y/o privado, quienes hayan cooperado relevantemente con el desarrollo de Itapúa. El premio se otorga desde el año 2016, en coincidencia con la fecha de creación o denominación del Departamento de Itapúa como tal, en virtud al Decreto-Ley No. 9484 del 10 de Julio de 1945, normado en la Ordenanza No. 06/2016.

En representación de los galardonados de la noche, Mons. Pistilli, expresó: “Buenas noches a todos los presentes. En este espacio, propiciado por la Gobernación del Departamento de Itapúa, saludo respetuosamente a las autoridades presentes y a los distinguidos invitados, que comparten este acto. […] Un saludo especial a los que hoy reciben este galardón: Al Sr. Embajadador del Japón, don Naohiro Ishida (representado por el Sr. Cónsul don Takashi Yokoyama), a la Abogada María Elena Wapenka, Ministra del Tribunal Superior de Justicia Electoral, a la Sra. Cristina Kress, Directora Propietaria de la firma Frutika, a la Abogada Edita Báez de Villordo, al Profesor Narciso Romero, a la Señora esposa y seres queridos del Abogado Guido Ávalos, por quién hoy elevamos una oración, a la Asociación de Profesionales de la Danza de Itapúa, al Rotary Club Encarnación, al Equipo de Robótica Ant Robot Team. A ustedes, que son la ocasión de este evento, les pido con humildad que me permitan dirigir un mensaje a todos los presentes.

Yvy Marane’y es el nombre y el espíritu de esta distinción, que fue impulsada por el Dr. Luís Gneiting, por quién también elevo una oración, y continuada por el Abogado Federico Vergara y por el Gobernador actual, en memoria de la creación del Departamento de Itapúa. Sin pretensión de explicar o comprender plenamente el significado antropológico y cultural que tiene esta expresión en la identidad de nuestros hermanos aborígenes de lengua guaraní, la Tierra sin Mal, representa un anhelo profundo y real, que puede unir inteligencias, voluntades y sentimientos, de hombres y mujeres de diferentes raíces, tiempos, creencias y circunstancias. Tiene sabor a utopía, pero la utopía está arraigada en el alma, trascendiendo límites geográficos y temporales, étnicos y culturales. La felicidad es una aspiración íntima de todo ser humano, que busca superar las limitaciones de su existencia.

Desde la visión cristiana, en la que he crecido, en la que arraiga mi identidad y desde la que con respeto me dirijo a ustedes, puedo decir que la Tierra sin Mal como tal no existe como geografía que pueda por antonomasia apropiarse de este calificativo. Pero existe y persiste en el ideal y en la realidad de personas que día a día, desde su originalidad y diversidad, son capaces de hacer prosperar el bien, de modelar el encuentro de las personas en la bondad, en la cooperación, en el diálogo, en el arte, en el conocimiento, en la justicia, en la verdad, en la solidaridad, en la ciencia, en la maravilla de vivir y compartir un tiempo y un espacio, donde es posible desarraigar la maldad. El mal no es eterno, aunque la experiencia cotidiana intenta muchas veces desanimarnos con los males que no superamos. Sólo el bien es eterno, hacia allá avanzamos y debemos seguir avanzando.

Nada nos impide ser constructores de Tierra sin Mal. Ninguno de los galardonados somos perfectos, aprendemos de nuestros errores y de las críticas y observaciones justas que nos hacen. Pero aún cuando nuestras limitaciones personales hablan de luces y sombras que todos llevamos, no renunciamos a una vida plena con luz, con sonrisas, con salud, con expresiones que realzan la belleza, con emprendimientos que traen prosperidad, con tecnologías que impulsan el desarrollo. Trabajamos para que la cooperación una pueblos, para que las instituciones aseguren el orden y la libertad, para que cada ser humano despliegue la belleza que contiene en su ser y para que la convivencia sea armónica, pacífica, alentadora y justa.

Conocemos los males que nos aquejan, en el mundo que habitamos, en nuestro país y también en este hermoso Departamento de Itapúa, al que cada día valoro y quiero más, y del que me siento parte desde el primer día que llegué como Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación. Este evento representa de alguna forma, que me es concedida la ciudadanía como itapuense. No estamos ciegos, vemos lo que falta. Pero permítanme que hoy no dé nombre a esos males, para que en este espacio, vivamos un instante de Yvy Marane’y.

Cada vez que en un instante contemplo las piedras de los muros de Trinidad, Jesús, Santos Cosme y Damián, cada vez que disfruto ese instante de belleza del guaraní y del jopara como testigos de una historia que perdura, cada instante en que recorro los rostros y las comunidades jóvenes de Itapúa acrisoladas en diversidad, no veo ruinas, no veo la derrota de un proyecto frustrado, no veo excusas para el resentimiento o el conflicto social, sólo veo semillas que han arraigado hondo, oportunidades abiertas al presente y al futuro, veo memoria y desafío de fidelidad creativa y creadora para dar respuesta a la búsqueda incansable de la perfección, de la plenitud, de la felicidad en paz, bienestar, amor, libertad, justicia, unidad. Creo que el primer paso de la Tierra sin Mal, es aprender a ver sin maldad. Y veremos esa tierra en la mirada inocente de los niños que cuidamos y defendemos, en las madres, las madres gestantes, y en los padres que protegemos y apoyamos, en los jóvenes que promovemos y que nos sorprenden con su creatividad, en las familias que sostenemos con trabajo, educación y salud, en el desarrollo que impulsamos en cada acto de justicia, en cada proyecto de desarrollo que concretamos, en cada adicto que recuperamos, en cada preso que logramos reinsertar en la sociedad, en cada convenio que acerca pueblos y potencia talentos y oportunidades.

Ser ciudadano de la Tierra sin Mal no está dado por el lugar de nacimiento, sino por la decisión de preservar el corazón, como símbolo de la persona, libre de maldad y lleno de bondad. La tierra de la utopía está en nuestro interior, en el interior de cada ser humano, único, irremplazable, valioso, distinto, capaz de abrazar el bien, el amor, la verdad. Sus ciudadanos se hacen fuertes y prósperos en el buen trato, en el diálogo respetuoso, en la voluntad de unir antes que dividir, en la capacidad de enmendarse y de enmendar errores, en el servicio desinteresado al desvalido, en el compromiso con el bien común, en la responsabilidad de cuidar y preservar el bien de la creación para esta generación y las generaciones venideras, en la dedicación cotidiana que transforma planes y sueños en hechos y realidades asociando y vinculando a los que son distintos en lo que es de todos, en proyectos creativos que impulsan talentos y desarrolan capacidades, creando cultura y progreso. Necesitamos ciudadanos así.

La fe cristiana anuncia el Reino que Cristo inicia, expresando el final del mal y la plenitud del bien. Como en la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13, 24-30), enfocamos la siembra y el cuidado de ese trigo, que representa la tierra labrada con amor, con fraternidad y con misericordia, que el Creador bendice. Al trigo fuerte no lo inhibe la cizaña y aunque esta persista, sabemos que tendrá un final. Esta parábola del Evangelio representa que Yvy Marane’y es un desafío y una manera de vivir posible, no porque el mal deja de existir, sino porque el bien se fortalece, hecha raíces y fructifica, porque el autor y redentor de la Creación es la garantía de una cosecha abundante.

Han querido distinguirme como personalidad destacada. Gracias por esta deferencia, que acepto siendo muy consciente de mis propias limitaciones. La acepto en comunión con todos los que día a día siembran los campos de la paz y de la convivencia fraterna que dignifica y edifica el alma y la sociedad. Soy solamente un sucesor, que continúa los pasos de la labor misionera y evangelizadora de muchos antes que yo, que han transpirado la fe más que yo: San Roque González de Santa Cruz y sus compañeros misioneros, Monseñor Wiesen, Monseñor Bockwinkel, obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas, Piché Domínguez, y tantos más. Mi fe, y la fe de todos ellos, y de muchos en Itapúa, nunca será razón para dividir a los que son hermanos, sino solamente el fundamento para crecer cada día en el encuentro, en el diálogo y en el servicio.

Muchas gracias, a mi familia, a mi madre, aquejada del mal de Alzheimer, que aunque no me reconozca plenamente, en cada beso me regala la experiencia de la tierra sin mal, y a mis hermanos, a a todos los que son parte de mi historia. Gracias al Señor, que me ha llamado y me sostiene cada día, y a su Madre, la Santísima Virgen, que es ciudadana excelsa de la Tierra sin Mal, por gracia y predilección de Dios.”

Mi bendición para todos ustedes.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

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