Palabras de fin de año para todos los fieles de la Diócesis de Encarnación

2014 concluye en pocas horas. Entre muchos acontecimientos del final del año, vivimos juntos mi consagración como obispo de la Diócesis. Me siento bendecido por todas las oraciones y las manifestaciones de apoyo que he recibido de nuestros Obispos, de los sacerdotes, los consagrados y los fieles de nuestra Diócesis, de muchos otros lugares del país y de fuera.  Las promesas que profesé ante la Iglesia el 20 de diciembre y el don recibido en el sacramento del orden me impulsan a entregar con generosidad todo lo que soy y tengo, lo que puedo y lo que no, para trabajar juntos por el bien de todos, para que la alegría que Cristo nos comparte sea perfecta. (cf. Jn 16, 24)

Las fiestas navideñas han reunido a muchas familias para compartir y celebrar la Encarnación, el nacimiento de Jesús. Nos reunimos también como familia que somos en la Iglesia, para renovar la gracia que hemos recibido, el don de ser hijos amados de Dios. La Iglesia en Paraguay nos convocó a muchos el domingo de la Sagrada Familia en Caacupe para recordar y agradecer el valor de la familia cristiana. Familia es vocación de alegría, de bendición, de amor y de vida.

2015 encontrará a muchas familias reunidas, a otras no. Cada hogar es un don y un desafío. Hay que reunirse y unirse.  Vale la pena, vale el esfuerzo, vale el sacrificio de cada cristiano para reconciliar, para sanar, para fortalecer, para hacer crecer la comunión, para dar abrigo y arraigo, para educar y educarnos como cristianos fuertes y sanos que saben anunciar la alegría del evangelio, llevando la cruz y sosteniendo la esperanza. Los sacrificios que hacemos por nuestras familias nos impulsan a la santidad cuando los hacemos con fe y con verdadero amor. Ser familia no es vocación al sacrificio de los amargados, sino don y tarea de los bienaventurados que están dispuestos a crecer con Jesús.

Nuestras familias y nuestra gran Familia, la Iglesia, nos necesitan sanos, fuertes y alegres. Al cerrar el año que acaba, los invito por eso en primer lugar a dar gracias por los dones y bendiciones que cada familia ha recibido. Que el brindis de fin de año sea para agradecer por la vida, no para apagar de mala forma las penas. Que además del brindis dejemos un momento para la oración y el perdón. Oremos para unirnos más, para perdonar y pedir perdón. El perdón sana y fortalece. Que compartamos la mesa y los dones que tenemos para que la alegría sea de muchos y no solamente de unos pocos. En la acción de gracias, en la oración, en la reconciliación y en la fracción del pan que se comparte, se nutren y celebran los que son hermanos en Cristo.

Cada familia, como Iglesia doméstica, celebra la presencia de Jesús. Dios quiso compartir y ser parte de una familia, haciéndose niño con José y María. Ellos nos recuerdan que en la humildad de lo que somos y podemos, en la sencillez de nuestra pequeñez, Dios hace maravillas. No podemos prever todo lo que ocurrirá en el nuevo año que inauguramos. Pero sí podemos disponer el corazón para iniciarlo como lo hicieron María y José: en una sana y sencilla humildad, abiertos a las maravillas de Dios y sorprendidos de su amor, que nos elige, nos levanta y nos envía.

Bendigo + a cada familia y a cada uno, y me pongo al servicio de todos. ¡Alégrense!

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara

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