REFLEXIONES PARA EL CRISTIANO DE HOY: Padre Bueno

Meditación. Como todo lo que vale la pena conseguir, volver a Dios cuesta
Reflexionando en la parábola del hijo pródigo vemos que la vida entre los cerdos no era lo que había pensado el hijo menor para su excursión de placer. Pero ése ha sido el final que le tocó después de marcharse de casa. El pecado le había aislado de su patria, de sus amigos pero, sobre todo, de su padre.
Una mirada a su vida actual le hace pensar. Se ve a sí mismo muy lejos físicamente de su padre. Pero no sólo: su corazón se siente también muy extraño.
Había roto su relación con el padre por su propia cuenta. Nadie le forzó. Su deseo de placer, de libertad le arrastraron a tomar aquella decisión que ahora lamenta de veras. Está triste, apenado, lleno de confusión y de culpa.
De camino a casa piensa en su padre. No le vienen ideas muy halagüeñas. Sólo se le aparece su culpa. Regresa como un criminal convicto al juez. Va a pedir un poco de clemencia, sólo un poco porque sabe que no merece más. Llega al juez “severo”, “intolerante” y propone la solución: “¿me emplea como su esclavo?”
Es ahora cuando el hijo descubre por primera vez a su padre. Descubre que es la misericordia, la compasión y, por encima de todo, el amor. Su padre le saluda, le abraza con lágrimas de gozo, con emoción. El hijo se queda asombrado. No dice nada. No se lo explica: “el juez me ha perdonado sin recriminarme nada”; “yo, el criminal, estoy libre de mi pasado”. El hijo experimenta la misericordia de un Dios de amor, un Padre misericordioso.

Dios es un padre digno de confianza. Fiel a su misericordia. Sí, es padre justo, pero es un padre que ve a su hijo triste, confuso, perdido, y al verle, ama, ama, ama sin parar, sin medir, sin contar las faltas de generosidad del amado; es el Amor verdadero. Dios es un juez parcial, que busca siempre el menor indicio para perdonar, para salvar.
El cristiano que sabe confiar en Dios no piensa en castigos ni clava su mirada en su pecado. Sólo contempla la grandeza que el Señor muestra en su perdón, una vez tras otra. Sólo medita lo que ha hecho Cristo por su amor, crucificado para librarle del pecado, para darle la gracia de su amistad.
La confianza del cristiano no debe tener límites. Espera en el Padre pase lo que pase; aun en los momentos de oscuridad completa, cuando se apaga la luz de la razón y sólo choca con los argumentos del diablo: “todo está perdido”, “no hay posibilidad de esperanza”, “Dios es un dios de ira, de castigos, de temor”. Entonces la confianza va al Señor como un niño a su madre, pidiéndole perdón y prometiéndole un nuevo esfuerzo para evitar ofenderle otra vez.
Como todo lo que vale la pena conseguir, volver a Dios cuesta. Para algunos el precio es dominar la soberbia, admitir ante otro que se ha pecado.. Para otros será la autosuficiencia: “no necesito ayuda de nadie”, “prefiero seguir así…”
Y nosotros, ¿dónde estamos ahora? ¿apacentando puercos lejos de Dios? ¿sufriendo carestía? ¿o más bien descansando en nuestro hogar, junto a nuestro Padre, compartiendo la cena como en tiempos anteriores, con una sonrisa grandísima que habla de la paz recobrada, de la felicidad que la unión con el Padre entraña?
Te amo, Señor, por el gran don de tu perdón. Porque me lo ofreces a todas horas, sin límites de delitos ni de tiempo. Mientras exista una débil ansia de perdón en mi alma, mientras exista un breve minuto en el largo tiempo de mi vida, ahí estás Tú para cancelar mis deudas. Olvidas que te he ofendido, porque no quieres muros que nos distancien.
Fuente: P. José Luis Richard | Catholic.net

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