REFLEXIONES PARA EL CRISTIANO DE HOY: El infierno de hoy

Resulta que en cierta ocasión un amigo me comentó: El infierno no existe, tú lo has creado y vives pensando en él. ¿No ves que te hace infeliz?, Ese día repliqué: Dios es justo y bueno. El infierno me recuerda que no debo ofender a Dios, Él estará más contento si no peco aunque yo sé que en realidad me ama tanto que no le importaría que caiga si sabe que luego acudiré a Él pidiéndole perdón y dejándome amar. No, el infierno no me hace infeliz. El pecado me hace infeliz.
Anoche soñé con el infierno. En mi sueño iba de caminando con un grupo de jóvenes en plena oscuridad, una mano me cogía y cuando llegamos lo primero que me invadió fue la tristeza. Una tristeza mortal. Pude ver personas con rostros desfigurados en un ambiente tétrico, sin color. Cuando salí vi una velita en la playa de la eternidad. Alguien me dijo que era la esperanza, y que jamás se apagaría. En eso apareció un hombre que cortó la vela por la mitad pero siguió ardiendo. Finalmente, logró apagar la vela y se fue.
Pensando en este sueño consideré que muchas veces así somos nosotros, apagamos con furia la velita de la esperanza. Parece que odiásemos saber que existe alguien que te ama tanto y que te espera en un estilo de vida libre de pecado. Preferimos caminar hacia el infierno negando su existencia y apagando el Amor que late en nuestros corazones por lo Eterno. Mundo extraño es este, busca Amor y sólo encuentra una imitación del Amor Verdadero de Cristo. Las realidades eternas nos espantan. Parece que creyéramos que somos eternos en este mundo. Vana ilusión. El infierno existe, no en balde Cristo lo menciona varias veces durante su vida.

Una escena me parece buena para acercarnos a la idea de infierno. Siempre que salía del colegio por las tardes, cuando era pequeño venía a recogerme mi mamá. A veces, un amigo de la familia me llevaba también a casa, lo que no era usual. Así que salía con mi lonchera y mi mochilita, tratando de ver entre las mamás que allí esperaban a la mía. Un día, no vi a mi madre en el gentío de la calle. Pensé que entonces mi amigo mayor vendría por mí y me senté en unas gradas de piedra a la entrada del Colegio para que me vieran. Espere mucho tiempo y no vino nadie. En ese instante a mi corta edad pude sentir algo que no había sentido antes. Un nudo en la garganta de dolor. Me sentí solo, completamente solo. Nadie me quería de verdad, me habían olvidado. Sollozé un poco. Ya mis amigos se habían ido a sus hogares. Se encendieron los faros nocturnos y la noche empezó a envolverme. Me abrazé a mi loncherita mirando por la calle a ver si se aparecía alguien conocido. En eso me reconoció una señora, y me llevó a casa.
El infierno es soledad. Si ya en esta tierra estamos solos, algunos creen que no lo están porque tienen padres, hermanos, esposa e hijos. Yo les digo que están solos si creen que esas personas tan cercanas son las únicas que están con ustedes. Si el mismo lenguaje humano es insuficiente para expresar totalmente los sentimientos que tenemos, ¿Pueden pretender decirme que no están solos con sus ideas, creencias, sueños, sentimientos? Eso no quiere decir que de nada sirve hablar y expresar a los demás lo que sentimos, eso quiere decir que muy en el fondo nos sentimos parcialmente incomprendidos. Y quien no lo reconozca es que piensa que como es tan bueno, sincero y comprensivo no tiene sufrimientos internos. Todo el mundo sufre. Lo bueno es que Dios nos comprende totalmente, y comprende nuestro sufrimiento, se hace hombre en Cristo y Él nos conforta, acompaña y consuela con Amor Total.
El infierno es estar sin Dios, sin Cristo que nos ama tanto y que nos comprende tanto. El infierno es la Verdadera soledad. ¿A quién acudir?¿A quién ir? Si Dios ya no está. Y lo peor de todo es que los condenados ni siquiera suplican perdón, incapaces de reconocer su equivocación en esta vida, se vuelven de odio a sí mismos, a Dios y al Demonio que los engañó con sus placeres aparentes. El infierno es la Verdadera Soledad.
El que sin Dios quiere vivir, sin Dios vive y sin Dios muere. Dolor y sufrimiento, ya es esta vida sin Dios, cuando vienen los tiempos difíciles.
¡Cuánto tenemos que agradecer por tener todavía la oportunidad de reconciliarnos con Dios! El Padre nos espera y nos ama a cada instante de nuestra vida. Mendiga nuestro amor, todo un Dios, eterna Belleza y Sabiduría busca al hombre para salvarlo. No lo permitamos, vayamos ahora mismo a decirle Señor, lo siento. Perdóname. Si dudas del perdón divino, desconfías de Dios cometes otro pecado peor. Ten la plena seguridad de que Dios te ha perdonado aún antes de pecar, y te perdona siempre, sólo tienes que decirle que ahora lo sabes y que quieres su ayuda para no pecar.
Vivir sin Dios es vivir en el infierno, en esta vida y en la otra. Deseo una soledad sonora en el silencio de tu amor, no una soledad hueca con mis miserias. Dios mío, ten misericordia de nosotros.
Por: Cortesía de Eduardo Carcausto Huamaní / Educar | Fuente: Catholic.net

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