Reflexiones dominicales del P. Dr. Manfred Wilhelm

Mis amigos: Todos tenemos nuestros gastos, porque todo cuesta. Ni la muerte y los funerales son gratis, aunque lo tienen que pagar otros. La pregunta es: ¿Para qué o para quién gasto, cuánto gasto, pero también cuánto puedo gastar? No basta decir que tus gastos son astronómicos y tus entradas mínimas. Hay que pormenorizar. El industrial estadounidense Henry Ford (1863-1947) decía: “La mayoría de las personas gasta más tiempo y energías en hablar de los problemas que en afrontarlos.” Y hace más de dos mil años ya decía el filósofo y político romano Séneca (4 a.C. – 65): “La economía es la ciencia de cercenar los gastos superfluos.” Es importante eso, porque todo el mundo sabe, que un pequeño agujero puede hundir un barco, cuando no se lo detecta y arregla.
Ciertamente hay gastos superfluos, como podrían ser aquellos para pagar juegos, para divertirse, para objetos de lujo – pero sin pretender ahora exagerar, Los gastos que se justifican,    sin embargo, son por ejemplo: los para comer y vivir adecuadamente, aquellos que te ayudan para conservar o recuperar la salud, los para la educación de los hijos y la formación profesional.
Fácilmente nos olvidamos que también es necesario, lo que el Papa durante su visita en el Paraguay tantas veces repetía: la solidaridad – el estar preocupado y decidió a ayudar a los que realmente lo necesitan: lo pobres – no lo haraganes; los niños y jóvenes sin posibilidad económica para estudiar y formarse; los que tienen serias enfermedades y carecen de medios económicos para costearse un buen tratamiento; los huérfanos, a quienes no sólo les falta para comer u vestirse, sino los que carecen de amor y acompañamiento humano. Acaso no te parece cierto, que gastamos muchas veces en la salud de nuestro cuerpo, pero cuando una vez está perdida, la queremos comprar de vuelta, y debemos hacerlo al por mayor.
Nuestro Señor nos dio un buen ejemplo, cuando se mostró preocupado por tanta gente que le seguía, y al pasar las horas tenían hambre (Jn 6, 1-15) No dudaba para agradecer primero al Padre celestial, que como Padre nunca ni a EL ni a ti te deja solo. Y luego distribuyó, no sólo porque tenía la seguridad de poseer algo, sino sobre todo repartió con corazón; y es eso lo que vale.

Es una realidad, que una de las múltiples formas de nuestros derroches es: hacer un gasto de palabras, pero superior al ingreso de ideas, y tantas veces muy superior a nuestra generosidad del corazón; y tantas veces causa grandes daños.
Que tengas un FELIZ  DOMINGO, y medita esa frase, cuyo autor desconozco: “El pasado es un cheque cancelado, el futuro es un pagaré, el presente es dinero en efectivo: cuida en gastarlo día a día.”
Y a vos, ¿qué te parece?
 
Comentario exegético 17. Domingo Ordinario [B] (26.07.15) Evangelio Jn  6, 1- 15
Los cuatro Evangelistas relatan el milagro de la Multiplicación de los Panes. El lugar, donde ocurrió, habrá sido un sector solitario en la orilla noreste del Lago de Galilea. San Lucas nombra la ciudad de Bethsaida como aquel destino de viaje de Jesús con sus Discípulos; y esta ciudad se encuentra al este de la desembocadura del río Jordán.
La gente, atraída por las sanaciones espectaculares, le busca continuamente a Jesús. Ahora todos le siguen por la orilla del lago; es que se dieron cuenta que atravesó el lago con los Discípulos en bote. Por eso se dirigen al lugar, donde ellos suponen que Jesús iba a atracar, y se apuran para alcanzarlo.
Al llegar, Jesús se va con los Discípulos a un monte que no se describe más de cerca, que posiblemente no era otra cosa que una pendiente cerca del lago. Juan indica expresamente la temporada; es decir: era poco tiempo antes de la Pascua. En esa época había realmente mucho pasto, porque era tiempo de la Primavera. Refiriéndose a la Pascua, San Juan persigue un fin teológico; es decir: considera la alimentación milagrosa de la gente como un anticipo de la Cena Pascual, del alimento eucarístico.
Cuando Jesús ve, que la multitud se le acerca, pregunta a Felipe, que procede de la cercana Bethsaida, dónde se podría conseguir el pan necesario para la gente. Esa pregunta no hay que considerarla como muy seria, porque Jesús, desde un principio, tenía la intención de alimentar a todos. Quiere solamente sondear, a ver si los discípulos entretanto han aprendido, que El es capaz de realizar otro milagro más.
Felipe no se da cuenta de la pretensión de Jesús y confiesa su perplejidad, porque los 200 Denarios que tenían en el bolso, no iban a alcanzar ni de lejos para conseguir la cantidad necesaria de panes para tantas personas.
En eso le avisa Andrés, que hay aquí un jovencito, que tendría cinco panes de cebada, que era el alimento de los esclavos y de los pobres, y que además tendría dos pescados como alimento adicional, los que quiso vender aparentemente. Pero esta cantidad ínfima no era considerable en absoluto para miles de personas. Mediante la constatación de aquella imposibilidad de conseguir los alimentos necesarios, se pone énfasis en la magnitud del milagro que está por realizarse.
Cuando Jesús invita, a que todos se acomoden sobre el pasto, que había en abundancia en aquel lugar, resulta que se trata de alrededor de cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños, número que al final era más que el doble.
Jesús toma los cinco panes y los dos peces, pronuncia – según la costumbre judía – la Oración de Gracias, mediante la cual ocurre el milagro, y luego lo hace repartir todo a través de los Discípulos.
Al final todos podían saciarse. Es más: sobraba buena cantidad todavía. Jesús hace recolectar los restos en canastas; al final eran doce que se llenaban. Una vez más se evidencia la magnitud del milagro.
Este acontecimiento impresiona mucho a la multitud, de modo que crecieron de nuevo las expectativas mesiánicas entre los Galileos. Ellos concluyen, que el milagro demuestra, que el Profeta, anunciado en el libro Deuteronomio (18,15), ha aparecido; es aquel Rey Mesiánico, que debería traer el tiempo de salvación. Parece que la multitud había esperado de nuevo a Moisés, que con su milagro del maná ahora reaparecería como Mesías.
Como Jesús temía ahora, que el pueblo lo deseaba proclamar Rey, se retira clandestinamente hasta que la multitud se haya perdido, porque Él tiene otra misión.

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