REFLEXIONES PARA EL CRISTIANO DE HOY: Valores que dominan el corazón del hombre

Vivir los valores del Evangelio, cualquiera que sea mi estado o condición.
El seguimiento de Cristo supone para el hombre una profunda conversión interior, porque el mensaje de Cristo es radicalmente opuesto y contrario a la mentalidad del hombre de hoy. Parece que los caminos de Dios y del hombre no convergen. Así, por ejemplo, los caminos hacia la felicidad, contenidos en las Bienaventuranzas, suenan a locura en nuestra sociedad de hoy. El hombre moderno ha creado sus valores, ha fijado sus esperanzas, ha decidido su felicidad. Pero curiosamente todo ello nada tiene que ver con el Evangelio de Cristo, donde Jesús con su vida y su doctrina enseña algo muy distinto. Urge, pues, como cristianos una conversión a la verdad del Evangelio y un abandono valiente de esos valores que dominan el corazón del hombre. Vamos a recordar cuáles son esos valores del Evangelio de Jesucristo:
LA HUMILDAD. En el Evangelio se ensalza por doquier a los humildes (Mt 5,5; Mt 8, 5-9; Mt 20, 25-28). El mismo Cristo nos invita a aprender de él que es manso y humilde de corazón (Mt 11,29). Se nos recuerda que Dios ha derribado de sus tronos a los poderosos y ensalzado a los humildes (Lc 1, 48-52). Se nos asegura que la humildad atrae el perdón de Dios, mientras el orgullo hace que el fariseo no vuelva a su casa justificado (Lc 18, 9-14).

Jesús mismo lava como gesto de humildad los pies a sus discípulos (Jn 13, 1-17). Son innumerables los momentos en que se habla de la humildad. Sin duda, a Cristo que viene a salvar al hombre, le preocupa sobremanera esa historia de soberbia del hombre. Él quiere que la humildad se convierta en un distintivo de sus seguidores. Humildad que es reconocimiento incondicional de Dios. Humildad que es aceptación del Señorío divino. Humildad que es vivir en la propia verdad de criaturas. Humildad que es espíritu de servicio. Humildad que es rechazo de las tentaciones de vanagloria. Humildad que es sentido sobrenatural para reconocer en todas las cosas la Voluntad de Dios. Humildad que es aceptación de sí mismo. Humildad que es dominio de las tendencias racionalistas. Humildad que es rechazo a las tentaciones de desprecio a los demás. Humildad que es ser como niños.
LA POBREZA. También la pobreza voluntaria encuentra grandes espacios en el Evangelio como camino hacia la felicidad y la paz del espíritu. Jesús nos enseña que los pobres de espíritu son dichosos (Mt 5,3). Nos aconseja vivir con lo necesario (Mt 10, 9-10). Nos recuerda lo difícil que resulta que un hombre rico se salve (Lc 18, 24-30). El mismo nace pobre (Lc 2, 6-7). Vive pobre (Mt 8, 18-22). Muere pobre (Jn 19, 23-24). También a Cristo le preocupa esa triste realidad del hombre que en su afán de poseer y tener se olvida de Dios, de los demás, de la honradez, de la familia y hasta de la propia salud. Por eso, exige a sus seguidores la pobreza. Pobreza que es a poner Dios como valor supremo de la vida. Pobreza que es confianza en Dios. Pobreza que es generosidad a la hora de compartir lo propio. Pobreza que es desapego de toda realidad que no sea Dios. Pobreza que es austeridad de vida. Pobreza que es una vida sencilla en todas sus manifestaciones. Pobreza que es renuncia a todo camino inadecuado en el legítimo esfuerzo por conseguir lo necesario para una vida digna. Pobreza que es una lucha para que en el corazón venza lo eterno sobre lo inmediato, lo espiritual sobre lo material, lo necesario sobre lo contingente.
LA ABNEGACIÓN. Para Cristo la renuncia a uno mismo es clave en el camino hacia Dios. Lo afirma rotundamente cuando la exige como condición para seguirle (Mt 16, 24-26). Lleva esta exigencia hasta pedir que por Él se renuncie incluso a los padres (Mt 10, 34-38). A sus seguidores los llama invitándoles a dejar sus forma de vida (Mt 4, 18-22). Pide que entremos por la puerta estrecha (Lc 13,24). Nos recuerda que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere no da fruto (Jn 12,24). En su propia vida Cristo es un hombre sacrificado, desprendido, austero, enemigo de la comodidad. Muere en una cruz que es el símbolo de la renuncia más absoluta del hombre. Por eso, a sus discípulos les pide abnegación. Abnegación que es renuncia al propio yo. Abnegación que es abandono de la vida cómoda y fácil, del placer barato, de los caprichos. Abnegación que es conciencia de que más vale entrar al Reino de los Cielos sin un ojo o una mano que no ir a él con todo el cuerpo completo. Abnegación que es dominio ante la comida o la bebida. Abnegación que es crucifixión de la carne con sus pasiones y apetencias. Abnegación que es acogida del dolor como moneda para la obtención de las grandes realidades de la vida. Abnegación que es el camino hacia la propia liberación.
Estos tres valores cristianos se han convertido en los fundamentos y raíces de cualquier otro valor. Cristo nos los enseñó porque sabía, como dice S. Juan, que porque todo cuanto hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas- no viene del Padre, sino del mundo (1 Jn 2, 16).
En su vida, desde la cuna a la cruz, Cristo hace suyos comportamientos inspirados en estos valores que después la Iglesia ha asumido como criterios inspiradores de la vida de todo cristiano, cualquiera que sea su estado o condición. Todo seguidor de Cristo está llamado a vivir en esta línea marcada por el Evangelio.
Fuente: P. Juan J. Ferrán |Catholic.net

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