Reflexiones del P. Dr. Manfred Wilhelm

Mis amigos: “Paraguay, el segundo país más corrupto de Latinoamérica. – Eso según un ranking global de la ONG Transparencia Internacional (TI).”
El mencionado Indice de Percepción de la Corrupción de TI, es considerado un referente en la lucha contra los delitos económicos. Paraguay está con 24 puntos. Peor está sólo Venezuela en el puesto 161 con 19 puntos. La media mundial de puntos es de 43 sobre cien.
Hace tiempo alertan en nuestro país sobre los riesgos de la impunidad, cuando el sistema político y legal no actúa con la suficiente rapidez y eficacia, como para poner atajo a los comportamientos corruptos, para sancionarlos y establecer precedentes legales para el futuro. El político estadounidense Adlai Stevenson (1900-1965) decía: “Los que corrompen la mente del público son tan malvados, como los que roban la bolsa de público.”
En el ámbito político hay divisiones, porque se impide muchas veces la aprobación de buenos proyectos por motivos particulares y no por la preocupación por el pueblo. Los Parlamentarios se asignan sueldos astronómicos, cuando gran parte del pueblo vive con menos del sueldo mínimo. Algunos tienen varios sueldos, otros andan con sus “niñeras de oro”. – Pero lo peor de todo eso es el mal ejemplo de los Representantes de pueblo, muy vinculados con el narcotráfico.

Hay abogados y jueces que interpretan la ley como les gusta. Defensa, alegar atenuantes, eso es una cosa; querer defender lo indefendible es bien otra cosa. Ahora nos enteramos, que de un Ministro de la Corte  sospechan que haya alterado su fecha de nacimiento para seguir en el cargo…
En la Universidad hubo corrupción por alteración de calificaciones en los exámenes. Todo tipo de mentiras es corrupción, también la llamada “mentira piadosa”. El escritor italiano Silvio Pellico (1789-1854) decía: “Los tiempos más corrompidos son aquellos en que más se miente.”
Durante la Novena en Caacupé constataron que siguen vigentes los problemas de la tierra, de la deforestación, de la salud, de la falta de fuentes de trabajo, de la pobreza sin esperanza de superarla de forma inmediata, y todo por causa de la corrupción existente en instituciones públicas y privadas, y eso junto con la impunidad. Mons. Gogorza reclama, que también “en el ámbito eclesial no hemos dado, ni damos siempre, un ejemplo de vida fraterna”. Sigue lamentando, que “en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas celos y deseos de imponer las propias ideas”. Pregunta el Obispo: “¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”
¿Dónde la corrupción tiene sus raíces? En no haber sido educados, muchas veces por padres ausentes y madres sin criterios y flojas; por no haber sido corregidos a tiempo, y tantas veces por no haber tenido un ejemplo de vida, y – ¿acaso te quedan dudas? – por ausencia total de Dios en la vida.
Que tengas un FELIZ  DOMINGO, y piensa acerca de lo que dijo Tomás de Aquino (1224-1274): “La corrupción de los mejores es la peor de todas. (Corruptio optimi pessima.)”
P. Manfredo

Comentario exegético 3. Domingo de Adviento [B] (14.12.14) Evangelio Jn 1, 6 – 8.19-28
La presentación histórica del Evangelista Juan inicia con un relato sobre el testimonio de Juan el Bautista, y eso en un momento, cuando comienza a hablar de la actuación histórica del Verbo Encarnado, que es Cristo. La aseveración, de que Juan no es la Luz, y que él sobre todo quiere testimoniar al Mesías, eso es para desmentir, que Juan sería más que el Precursor del Señor.  El Bautista es sólo el amigo, no es el “novio”. Es  por eso que tiene que disminuir, pero Jesús debe crecer. El no puede realizar ningún milagro. Pero detrás de Juan vendrá otro más grande.
La finalidad de su testimonio es, que todos lleguen a la fe en Jesús. Por eso interesa menos cómo apareció Juan en la forma histórica, sino su predicación llama la atención como testimonio para Aquel, que va a traer la salvación. El es la Voz de aquel que clama en el desierto. Aunque el Evangelista lo coloca al Bautista muy por debajo de Jesús, lo eleva, sin embargo, a una altura, que ningún otro profeta ha alcanzado.
El Evangelista sitúa al lector en el tiempo después del Bautismo del Señor por Juan. Su presencia evocó un movimiento religioso muy potente, que no dejó tranquilas a las autoridades judías, porque se preguntaron seriamente, si Juan acaso no sería realmente el Mesías. La encuesta acerca de su identidad da testimonio, de que los judíos desean tener claridad. La pregunta: “¿Quién eres?” es para aclarar la legitimidad de su actuación. 
Juan el Bautista entiende bien y responde, que él no es el Mesías. Los judíos, que le dirigen la pregunta, no se dan por satisfechos, porque no comprenden, si la actuación de él tiene que ver con la expectativa del comienzo del tiempo de salvación. Ellos creen, que el profeta Elías precede inmediatamente al Mesías. Pero Juan niega rotundamente cualquier identificación con él. Jesús, sin embargo, quiere decir solamente, que en la actuación de Juan se cumple la predicción del Profeta Malaquías.
El Bautista aclara, que él no es otro que la persona anunciada por el profeta Isaías, que clama en el desierto, y que su tarea es la preparación del pueblo para la venida del Reino de Dios. El estar en el desierto no significa para los judíos una legitimación suficiente para su actuación de bautizar.   
Juan proclama un Bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. No explica de dónde tiene esa legitimación, sólo describe el carácter de su bautismo.  Como bautiza sólo con agua, este bautismo se diferencia del bautismo del Mesías, que es un bautismo en el Espíritu. Entonces para su propio bautismo no necesita otra legitimación.
El tiempo del cumplimiento de la palabra del Profeta ha llegado, porque el Esperado ya está en medio de ellos. No lo conocen, pero El, sí, los conoce. Ahora describe su relación con el Mesías: vendrá después de él, casi como un sucesor, para quien ha de preparar el camino, pero el otro lo supera en grandeza por mucho; es decira: de tal forma, que no se siente digno ni siquiera de desatar los cordones de sus zapatos. A sí mismo se ve entonces como en la categoría  de un esclavo.
Al final se indica todavía, dónde ocurrió este encuentro: era en Betania, al otro lado del río Jordán.

 

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