SEMANA SOCIAL PARAGUAYA 2021

La propuesta de dialogo social de la Carta Pastoral de los Obispos en ocasión de la Revisión del Anexo C del Tratado de Itaipú

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

Semana Social Paraguaya

Comisión de Pastoral Social Nacional de la Conferencia Episcopal Paraguaya

26, 27 y 28 de octubre de 2021

Introducción

El relato de la creación en el libro del Génesis presenta la Palabra creadora de Dios, que da existencia y vida a todas las cosas y a todos los seres. Dios llama y todo es creado. Pero es en el hombre y en la mujer, creados a su imagen y semejanza, en quienes Dios encuentra respuesta a sus comunicación.

Si bien el ser humano fue creado por la voluntad soberana de Dios, el Creador llama a la vida al hombre y a la mujer para entablar un diálogo, para comunicarse con ellos y compartir con estos de todos sus bienes. Hacerle conocer los límites es parte de la sinceridad de Dios, en su deseo que sus creaturas predilectas aspiren a la verdadera felicidad. El error de nuestros primeros padres no interrumpe el diálogo con Dios, y aunque estos experimenten la lejanía y la nostalgia, seguirán buscando la plenitud y el Creador seguirá dándose a conocer de muchas maneras, propiciando el encuentro.

El diálogo es el camino de la humanidad, como don de Dios y como sello auténtico de la dignidad, que hace a la persona libre de expresarse, de comunicarse y compartirse, de darse a entender y establecer vínculos en el conocimiento del bien, de la verdad y sobre todo del amor. El diálogo no ocurre solamente con la voz y con la articulación del lenguaje; nuestra existencia se expresa en el diálogo.

La vocación de cuidar del bien integral para sostener la vida y la salud y para impulsar el desarrollo de la fraternidad en paz y en justicia exige que dialoguemos conforme a nuestra dignidad y a la responsabilidad que compartimos en la verdad y en el amor. El diálogo es el instrumento y la oportunidad para enfrentar los cambios, los desafíos, las necesidades y las oportunidades de todos los tiempos, de todas las sociedades y de todas las culturas.

Hablar de patria entre hermanos es dialogar para cuidar a nuestras familias y a la comunidad, respetándonos como protagonistas y destinatarios de todas las políticas que juntos debemos impulsar. El diálogo social y el diálogo político son momentos de la institución democrática, que ayudan a fortalecer la confianza, un valor fundamental para que la comunidad sostenga las instituciones sociales que articulan el delicado ñandutí de la convivencia diaria. El descrédito de las instituciones y de las autoridades puede ser superado y reconquistado, con la legitimación que aporta una concertación responsable y participativa. Para “re-crear” la vida de la sociedad nacional es necesario volver a un diálogo auténtico, sincero y comprometido

La Carta de los Obispos en relación a Itaipú, publicada en marzo de 2021, invita una vez mas a ser protagonistas del diálogo. Nos interesa a todos que el bien de esta industria sirva al presente y al futuro de la comunidad nacional e internacional. El impacto de Itaipú en la economía nacional exige una administración transparente. El aprovechamiento de la energía y el beneficio de la industria deben ser conversados, consensuados y expresados en la revisión del tratado y en toda gestión relacionada con este patrimonio nacional compartido con Brasil.

Un abanico de temas

En el título de la Carta Pastoral dice “Itaipú, una oportunidad de diálogo y concertación social para el bien común”. La reflexión no se limita a la Binacional y las relaciones bilaterales de Paraguay y Brasil, sino que coloca justamente el evento de la renegociación del Tratado en su anexo C en el contexto de muchos temas nacionales, y por que no, mundiales.

La casa común de todos los paraguayos hay que pensarla en conjunto, asumiendo nuestra realidad con sus conflictos y perspectivas de desarrollo positivo, así como necesitamos situarnos en el contexto de la gran casa común internacional. La pandemia ha reforzado una verdad que todos debemos recordar: la salud de unos depende de la salud de todos, lo cual se puede aplicar también a la salud de la vida integral del Paraguay en relación con el mundo.

Itaipú, por su relevancia, es transversal a muchas realidades, porque el potencial energético es un factor clave de desarrollo y porque una buena gestión de este patrimonio puede aportar ampliamente al  bien común. La administración de un bien tan valioso nos importa, no por la ganancia material, sino por nuestra población y sus circunstancias.

La fraternidad es nuestra condición de vida, si nos animamos a reconocerla, valorarla y cultivarla como el mayor bien de la vida social. Toda familia necesita preocuparse y ocuparse de los suyos, de los jóvenes, de los ancianos y vulnerables, de los que viven en condiciones precarias, de los que no son beneficiados por las oportunidades.

Las instituciones, los recursos y los servicios que sirven al trabajo, a la salud, la alimentación, la educación y la vida digna necesitan crecer en formalidad, equidad, calidad y responsabilidad social y ecológica. La vida nacional necesita la seguridad de la inversión y la atención de la población en sus necesidades y en su potencial.

La autoridad y el sistema democrático necesitan enfocar su gestión generando confianza con objetividad, transparencia y un auténtico interés en el bienestar y la unidad social. La gestión publica debe ser asumida por todos con compromiso y con voluntad de crecer y mejorar.

El camino del diálogo

El conflicto y la polarización no son la opción. El diálogo es posible pero hay que hacerlo efectivo, impulsando el proceso de encuentro, con una comunicación positiva y convocando a la participación representativa de todos los sectores de la vida nacional. Una sociedad mejor y sin exclusiones no se construye con la pugna por el poder, las posiciones ideológicas y las actitudes intolerantes incubadas en el miedo o en la rivalidad.

La condición necesaria para plantear este proceso es el compromiso de no desistir de buscar el bien y la unidad, pues nos necesitamos, nos pertenecemos y solamente en solidaridad se puede emprender el camino de superar las contingencias que nos afectan a todos.

Para alcanzar el consenso nacional se requiere que el diálogo sea definido formalmente en su modalidad y en su objetivo. La legitimación del proceso debe darse por las instancias oficiales y por la participación democrática y representativa. La validación de los frutos del dialogo debe ser asumida por las autoridades, como servicio a nuestra comunidad nacional. En la Carta Pastoral los Obispos proponemos que sea la Universidad, como institución, la que asuma la tarea de proponer un camino y ayude a pautar la modalidad.

Los cuatro criterios de juicio que da el Papa Francisco en Evangelii Gaudium son necesarios para poder ejercitar un diálogo, que sea capaz de plantear alternativas y alcanzar el consenso. Cuando se piensa que hay una sola alternativa ya no hay apertura al diálogo. Las alternativas únicas son muchas veces un obstáculo, porque no se da el espacio para la escucha, la expresión de opiniones, la búsqueda del acuerdo. Los criterios que el Santo Padre comparte en la Exhortación Apostólica merecen ser presentados:

El tiempo es superior al espacio: Es un error frecuente plantear las soluciones de la comunidad poniendo todas las expectativas en las elecciones, es decir, en quien ostenta el poder. La consigna habitual es tener espacio de poder. Pasa en muchos niveles de la vida, incluso de la familia. El juego del poder se parece a la rueda del destino: hoy estás arriba, mañana estás abajo, y todo vuelve a rodar una y otra vez. Un diálogo inteligente es más que una estrategia para ocupar el espacio. Se necesita pensar en los objetivos de corto, mediano y largo plazo que deben guiar a todos los que tienen algún poder de decisión. Podemos recordar las parábolas del Reino de Dios: una semilla, una levadura.

La unidad es superior al conflicto: Hay una tendencia mezquina que normalmente vuelve una y otra vez, que se expresa en el deseo de uniformar, excluir o segregar. El autoritarismo tiene diversas formas de expresión, no exclusivas a la dictadura. Incluso en la vida democrática afloran estas actitudes que ante el conflicto de las diferencias, quieren recurrir a la nivelación, lo que no corresponde a la verdadera igualdad. Igualdad no es uniformidad, es algo mas profundo que comprende las diferencias y no hace de ellas la excusa para volver a la dinámica de la disputa por el poder. La unidad pretendida se expresa en la amistad social, la convivencia armoniosa en dignidad y en la equidad de acceso a las oportunidades comunes, en la comunión que se alimenta de la solidaridad de la pertenencia. La petición de Jesús en su oración sacerdotal, “que todos sean uno”, no pide que todos seamos de un modo determinado sino que aspiremos y expresemos la unidad verdadera. Los conflictos, que básicamente nacen en situaciones de injusticia, de indignidad, de abuso, no deben quebrantar el fundamento claro y simple de que todos estamos en el mismo barco, y en ese sentido, las soluciones deben comprender a todos.

La realidad precede a la idea: La vida precede siempre a las teorías. La búsqueda de poder y el pretexto de las diversas formas de clasificar, con argumentos materialistas o ideológicos, distrae de la atención de lo concreto, real  y vital. No se trata de proponer una teoría nueva. No se explica nuestra condición solamente argumentando que esto nuestra idiosincrasia o forzando una cultura única, que de hecho no es posible sostener. Hay que aferrarse a lo real, concreto y en eso divisar lo que de verdad tenemos, poniendo mayor interés en asumir nuestras fragilidades, así como el potencial de nuestras riquezas y diversidades No queremos explicar por qué somos frágiles, sino asumir y sanar la fragilidad. El servicio cristiano es por eso desinteresado: La motivación para atender al herido es que está herido, y la atención del necesitado no se justifica ni autolimita por algún postulado de supuesta pureza filosófica, religiosa, cultural o nacional. El herido es herido y requiere atención.

El todo es superior a la parte o a la mera suma de las partes: El bien mayor es que todos se beneficien, que no haya excluidos. En el diálogo eso implica apertura, participación. No se pueden incubar soluciones para algunos y dejar de lado a otros. Las soluciones puede que no sean simultáneas, pues el tiempo de implementación determina el proceso. La inclusión no debe ser entendida como porcentajes, sino como respeto sincero.

Una meta y muchos objetivos

El diálogo es un camino, que en su desarrollo debe conducir a una meta que destaca sobre todos los objetivos y políticas que se puedan plantear. Se trata de fortalecer la convivencia fraterna recuperando la confianza y nutriendo la paz en el marco institucional y en la amistad social.

Desde esta base es posible llegar a definir objetivos y planes de acción comunes para dar solución a muchos deficits sociales y promover el desarrollo humano, científico, tecnológico, social y cultural. La carta menciona algunas áreas en las que anhelamos se puedan lograr avances: En la alianza estratégica con el Brasil, en las políticas energéticas y en la administración de los recursos generados por Itaipú, en la transparencia y el saneamiento de la administración pública, en mejorar la calidad de vida con servicios públicos de calidad y accesibles, con ingresos que apoyen la vida digna y con las garantías para todos, en particular para los grupos mas vulnerables; establecer un camino que asegure el cuidado y la preservación del medio ambiente y promueva una vida eco-amigable; invertir en la juventud y devolver a nuestras instituciones y al servicio de las autoridades la estima y la confianza que deben lograrse con altura moral y competencia para el liderazgo.

De los cristianos se espera madurez y convicción auténticamente cristianas en el testimonio de virtudes sociales que aseguren una cultura conforme al Evangelio. Menciono las virtudes presentadas en la Carta Pastoral:

La reconciliación

El discernimiento

La audacia

La fraternidad

La fidelidad social

La perseverancia

El servicio

La solidaridad

La esperanza

La paz social

Todas estas virtudes hacen al diálogo social, esa realidad que se teje en la convivencia diaria, que debe expresarse políticamente en fortalecer la comunidad gestionando sus recursos para el bien común.

La invitación al diálogo no es nueva y tampoco exclusiva de este tiempo. Se necesita dialogar y aprender a dialogar desde la verdad, el amor y la justicia, y plantear la vida con esperanza para todos. La calidad de la comunicación se puede evaluar en la voluntad de encontrarse, de escucharse y de llegar a formular acuerdos verdaderos acordes a la realidad que compartimos hoy y esperamos gestar mañana.

Encarnación, 27 de octubre de 2021

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

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