Meditación del Papa Emérito Benedicto XVI. “Una simple puerta”.

Es curiosa, pero profunda, la comparación que hace Cristo de sí mismo: una simple puerta. ¿Por qué Jesús se compara con una puerta, más aún, con una puerta de entrada?
La puerta es siempre el paso de un lugar a otro. Ingresar por una puerta significa dejar una estancia y entrar a otra totalmente diversa. Pasar una puerta implica un movimiento, un cambio de visión. Una puerta nunca te obliga a entrar o a salir. La puerta siempre está allí, esperando que la abras, que ingreses o que salgas por ella.
¡Qué maravilloso es contemplar a Cristo como la puerta que nos permitirá salir de “nuestra vida” y entrar a otra vida nueva, diversa! Pasar por Cristo no significa que todo el día tenemos que estar rezando sin parar, o que tenemos que estar pensando hora tras hora en Dios. El Señor nos lo dice con tanta sencillez: “quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos”. Es como si Cristo nos quisiera expresar: Mira, cuando necesites mi gracia: aquí estoy; cuando estés cansado de tu fracasos, de tus dificultades: ven a mí; cuando tu alma tenga hambre de Dios: aquí está el mejor pasto que soy Yo -¡la Eucaristía!
Cristo es la puerta que nos hace entrar a la felicidad verdadera, nunca violenta nuestra libertad, pues quiere que nosotros lo elijamos a Él por un acto consciente y libre de amor. “Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar (…)”. (Benedicto XVI, 7 de mayo de 2006).
Reflexión apostólica
Es imposible que las personas queden indiferentes ante un cristiano que se esfuerza por amar a Cristo. Nuestro testimonio nos convierte en “puertas vivas” que invitan a otros a entrar por la gran puerta que es Cristo.
Cuando vemos a alguien que bendice los alimentos antes de comer, cuando conocemos a otras personas que se quitan su tiempo para dárselo a otros, cuando escuchamos de la mujer que perdonó al marido, o del joven que dejó todo para seguir a Cristo, hay un algo extraño que nos remueve el alma, pues nos damos cuenta que esa persona: ama a Dios.

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